martes, 25 de febrero de 2020

Recuerdo póstumo

Vas andando los días y descubres
ciertas flores ausentes del sendero,
recuperas el agua acumulada
evocando la sed que has compartido.

Voces que llaman de la sangre,
teñidos de sudor y persistencia
y tierra cotidiana.

La noble compañía  
creyendo ciegamente en tus impulsos
de sueños y quimeras.

El vendaval de afecto
que en zumo de existencia
sin cesar te ofrendaba.

En la transida noche
del alma suplicante,
nadando en la corriente de los días,
cantas la eternidad como un mendigo. 


lunes, 24 de febrero de 2020

Aforism(í)o 123


El talento es un duende poderosamente creador, pero holgazán, que vive dentro de nosotros. Hay que aprender a tratarlo para hacerlo elaborar, pues, fácilmente, se aburre y se queda dormido.

Por qué no me abandonaste aquella noche


Discutimos.
Te lancé insultos que rompen tolerancias.
Dejaste de mirarme,
te dirigiste hacia la puerta 
decidida a abandonarme.
Te detuvo la duda.
Te volteaste mirándome de frente. . .
y lentamente volviste hacia mí.

¿Por qué no me dejaste aquella noche?
¿Tuviste lástima?
¿O acaso fue la noche, imponente, estrellada,
vaciándose en mis ojos?

Aforism(í)o 3


Luego de encontrar los pequeños tesoros, uno debe deshacerse de ellos; no sea que se pierda la ambición, el deseo de buscar los grandes, los verdaderos y auténticos tesoros. Como el pescador que devuelve al río los peces pequeños que no le sirven.

El color de mi tierra


Esta tierra con mis antepasados
huele a lapachos dando flores que chorrean
amarillos, rosas y blancos siglos,
y hace posible que mi olfato
los convierta en aromas de bacterias
que comen como a quesos
los contornos del cielo azul.
Esta tierra que mata a sus patriotas
por no verlos sufrir la tiranía.

Con mi corazón impaciente palpo mi terruño,
y la vida se enciende en mis volcanes mudos,
y la vida se siente magma de mis quimeras,
catacumbas de lázaros torturados,
muertos que buscan su acomodo en la historia oficial.

Esta tierra la escarbo con manos agrietadas
para crear el surco que no pierda su aliento,
y ella se agita con mi soledad
que casi ya no entiende lo que habla;
y ella espera la lluvia como espero
el grito de su libertad,
como espero las uvas y las mandarinas,
como espero la llama de mis ojos
observando la patria victoriosa.

Esta tierra fue siempre roja, tierra colorada,
aún después de los entierros.

domingo, 23 de febrero de 2020

El primer beso

Era encarnado amor, audaz, oculto.
Lucía el éter cóncavo, perfecto.
Hirió la noche el tajo azul y recto
de un cometa, cobrándose el insulto

de la luna prendida a sus cerrojos
mientras, hostil, el dios de las doncellas,
negro y umbrío, desterrando estrellas,
me denegaba los ardientes ojos.

Al acercarme a su rubor, su risa
arrancaba la gula lujuriosa,
e hizo harapos la virtud sumisa.

Dulce entierro en la cámara pulposa
de sus labios, y en súplica indecisa
los pétalos carnales de la rosa.

sábado, 22 de febrero de 2020

Aforism(í)o 6


Se puede vislumbrar que ciertos hechos cotidianos pueden provocar grandes cambios en el curso de las vidas de las personas, e incluso, en el de personas que nada hicieron para provocarlas. Siento una terrible pequeñez humana ante la fuerza de esos cambios bruscos que, en un instante cualquiera, determinan grandes alegrías o tristezas en el ser humano. De una u otra forma, se puede inferir, que somos esclavos de la fatalidad; que hagamos el esfuerzo que hagamos, siempre estaremos ante la posibilidad de que algún designio, favorable o adverso, cambie levemente o para siempre el curso de nuestro destino. Y no en vano, dijimos, que vivimos esquivando la muerte a cada instante.

Paraíso terrenal


No sabe cómo fue a parar a ese oasis
salvador de vidas extraviadas en el desierto.
O tal vez lo sabe pero nunca tuvo
la necesidad de exteriorizarlo.
Quizás fue su mujer quien lo impulsó
a rebelarse de su despreocupada forma
de soportar su cautiverio anterior.

Lo que a mí me consta es que ella lo ayudó
a escapar de la maldita esclavitud de los empleadores,
y se alojó con él en el oasis.
Pero ella sale, va a la ciudad y viene,
se escabulle y no se escapa, y lo tiene para ella sola
(sólo con pequeñas quejas por parte de él).

Para ella es más que un simple oasis:
es el mismísimo paraíso terrenal.
Es el cielo en la tierra que le proporciona
todo lo que femeninamente requiere sentir:
amor de hembra, amor maternal, amor filial,
amor floral y amor a su loro encantador.
Qué más le puede pedir a la vida.
Tiene todo: agua fresca en el clima cálido 
(que ahuyenta las enfermedades),
fresco alimento y un refugio contra las tormentas de arena,
caricias al dos por tres y a cualquier hora. Masajes.

Es como para cantar alabanzas a Dios todas las tardes.
Recuperar los Ángelus, la sonrisa espontánea
de los mansos que heredarán la tierra.

viernes, 21 de febrero de 2020

Aforism(í)o 121

La voz poética ostenta un libre albedrío absoluto: puede publicar los vicios y las miserias más abominables de su poeta, asumiéndolas como suyas.

jueves, 20 de febrero de 2020

Los hunos modernos

Pasan como flotando en una reverberación de éxtasis,
golpeando con sus recios cascos la tierra arrasada.
Agradezco estar loco a la vera del camino, absolutamente
protegido por sus indiferentes miradas a mi existencia,
viviendo en paz, aunque como un pobre perro abandonado.

Pero ellos no saben que su arte es más tonta que la mía.
No saben que mi labor es desangrarme, abrirme heridas en la carne,
y no presumir de ornamentos vacuos: pabellones, espadas, escudos,
sobre caballos con las crines desenredadas que juegan con el viento.
No saben que puedo plantarles cara en una partida de truco,
y en contar las mejores anécdotas de una prisión superpoblada.

Cultivo mi huerta: tomates, lechugas, zapallos y amén.
Aprendí la ciencia del buen comer (¡a cuidar las tripas, amigos!,
para no morir como soldados ingenuamente antes de tiempo).
Descubrí que la verdadera lucha por la vida se halla en combatir
al virus que ataca por la propagación de los genes de Atila.

martes, 18 de febrero de 2020

Besos

Todas las noches en que tu gaviota
fue forjando la historia de mi hombría,
todas las horas en que juntos transitábamos
hacia el anhelo tántrico de los acantilados . . .

ocupan hoy, ahora, las rudas altitudes
donde es urgencia el alboroto de tus alas,
y necesarias las estratagemas laboriosas
con que pueda acercarme
hasta el desfiladero de tu espalda.

Sin palabras, sin orden, sin sentido,
en vano alargo la distancia hasta la aurora
si en cada intento logras
la gracia satisfecha de un vuelo autónomo,
mientras yo solo observo que en cada risa tuya
un beso menos me amas,
un beso más te pierdo.

lunes, 10 de febrero de 2020

Padre-pájaro

Me hice un padre-pájaro
para nacer de nuevo —ya con alas—,
en los difusos humedales del hastío
donde se acuñan las graciosas plumas.

Mi pájaro biológico —triste mutante—,
reptaba las llanuras sin despegar el vuelo,
aunque sobre sus hombros descubrí,
en la carrera a ras del suelo,
las gradas de la altura.

Para advertir las nubes me deshice,
con copioso dolor,
de mi lastre mortal y planetario,
de mis patas folclóricas,
de mis ojos raciales,
de mi instinto borrego.

—¡Ah, soledad de estrellas,
beso de luna, corazón liviano,
soplo de ingravidez de altas cumbres,
siempre quise ser este pájaro de audaces alas!

Mi padre-pájaro me ha devuelto el alma,
me pía y me revela su canto protector,
su búsqueda y su grito allá en la cima,
cuando al taparme las opacas nubes
siento perderme.






miércoles, 5 de febrero de 2020

Pilatos

Con la mirada dura e imponente,
observa la morbosa muchedumbre,
mientras una piadosa pesadumbre
surge de los abismos de su mente.

Intercede buscando así evitar
la locura y la sangre derramada.
Intenta de un final vano salvar
al que a Roma jamás ofendió en nada.

Mas, sabiendo que el magno cometido:
cuidar los intereses imperiales,
más allá se encontraba de los males
de la plebe y su grito enloquecido,

con hábil pragmatismo de romanos
hace que juzgue la feroz jauría,
y al ver que clama por la misma orgía
se lava la conciencia con las manos.

Más tarde, al agolparse los impíos
al paso de la cruz ensangrentada,
dice, Pilatos, con la voz hastiada:
“¿No es acaso un pleito de judíos?”.



Recuerdos de un amor adolescente


Ahora que estás muerta
sostendré los recuerdos que me quedan
tuyos, mi inolvidable Marion —mi nudo clandestino—,
de aquellas noches cuando eras virgen todavía;
de aquellas calles cómplices, abrazados siameses
bajo la sombra de los árboles
que anulaban la luz del alumbrado sobre tus muslos.
(En la semipenumbra,
entre besos y besos, mis manos insistían.)

Aunque gastados sus pigmentos
—por el andar del desengaño que la sed de ansiedades sustentara—,
guardan tus ojos sus profundos grises;
y en frágiles imágenes pervive tu manera de amar,
contaminadas por el ritmo raudo
de nuestro mundo actual de tecnológica locura.
Rescato sin embargo nítida tu firmeza,
tu intransigencia a mi premura de ir al grano.

Retocar el matiz debilitado —principalmente, tu rubor—,
de tu fragilidad y languidez
que soportaba el viento huracanado de mi instinto;
resucitar los jadeantes escorpiones del amor
bajo el embrujo de nuestras promesas:
«te amaré para siempre, vida mía»,
mientras la noche acompañaba
ante tu cuerpo enardecido por las caricias previas
el sufrido calvario de mi hombría.

Sostendré siempre aquellos recuerdos que me quedan:
imágenes de nuestros dioses muertos
que impresionan como tatuajes en colores,
sueños simbólicos y húmedos,
el afán de escalar la montaña sagrada,
el hambre que hincaba la pulpa del deseo
sin cerveza, sin vino, sin ninguna droga.

Nadie podrá sacarte de mi mente.
Ni siquiera aquel cuadro La Gioconda
trasmite esa sonrisa satisfecha.

martes, 28 de enero de 2020

Soneto de la plenitud

Esa luz de los lóbregos tormentos,
esa canción de noches silenciosas,
ese hechizo que emana de las rosas,
esa miel de los ácidos momentos.

Ese bosque de piel, cumbre de alientos,
donde el ave, en noches tormentosas,
acurruca sus alas presurosas
sobre tibios follajes irredentos.

Esa charla de lluvia sin dilema,
presagio de cristal y melodía
que riegan a los árboles del día.

Ese beso y la urgencia del poema,
la infinitud del alma, aquella extrema
resonancia que nuestros pasos guía.

domingo, 26 de enero de 2020

El demonio de Sócrates

Es de las penas mi penar más fuerte,
porque la suya, que también aterra,
se aliviará muy pronto con la muerte,
y yo persistiré sobre la tierra
huyendo abandonado de mi suerte:
vivir sin amo, como triste perra,
penando en inhumanos vertederos
por los perennes siglos venideros.

Descansa de tu impúdico mal, ¡viejo
macho cabrío!: mi lealtad ferviente
descubrió las intrigas, el festejo
por tu condena dura e inminente.
Buscan vengar aquel impío espejo:
la ostentación de tu lasciva mente,
porque Atenas no admite el arte romo
de acorralar al cándido palomo.

Ni Júpiter Tonante logrará
torcer el cauce ruin de tu destino;
tampoco la mandrágora podrá
aliviar el albur; ni el mejor vino.
Y tu despojo, cruel el tedio hará
si evades de los dioses el camino,
porque aún en Egipto y más en Roma,
se confunde con crimen cualquier broma.

Tampoco retractarte serviría,
pues la gente sencilla se impacienta
con los hombres que sufren brujería:
cualquier enfermedad larga y cruenta
y, más aún, si en la melancolía
es arrojada la orgullosa afrenta.
Mira el pueblo como a la bestia inerte:
sin compasión alguna por la muerte.

Aquí estoy, de los nimbos despojado,
bastarda por milenios mi existencia,
para esperar al otro iluminado
quien al mundo dará su gran sapiencia,
y me tenga, tal vez, calificado,
como tutor oculto de su ciencia.
Porque me debe Sócrates su nombre,
su gran filosofía y su renombre.

viernes, 24 de enero de 2020

Diurnidad


El día amaneció sin rostro,
no consigue mirarse en el espejo,
si ha de elegir la forma de su muerte
querría perecer sin adjetivos.

El día amaneció con huesos rotos,
no puede andar,
cojamente se aparta hacia la sombra de los árboles,
no desea el bullicio de los pájaros,
sólo ansía dormirse una mañana eterna.

Lluvia indeseada

¿Dónde existe un jardín para esta lluvia
veraz, una semilla, un brote endémico,
un capullo con pétalos sedientos,
una rosa implorando en el rincón?

¿Por qué caer sobre tan duras piedras,
el único recinto del paseo;
enceguecer la cúpula del cielo,
la azul certeza de la libertad?

¿Qué dios querrá venir a amar aquí,
qué rayo saludable, qué destino
de victoria, qué éxtasis del trino?

No existe aquí lugar para esta lluvia
copiosa que, en ausencia de algazaras,
cae sobre el silencio de mi alma.

domingo, 12 de enero de 2020

Entropía


Por estos tiempos
en que las sirenas me cantan con mayor intensidad,
atado al mástil de la vida,
resisto y cada hora aprendo mis conflictos,
el mudarme la piel en el adiós.
Envejece mi casa cada día
mientras lucho hasta las puestas de sol:
descascaro el barniz de mi pared,
el color aburrido del arraigo,
las capas deslucidas de humedad,
para eximirme de mi falta de emoción,
de mi cuarto repleto de cosas inservibles;
y vacío los muebles de mi vida
en cajas de recuerdos que traslado
al sótano voraz de mi memoria
(que ahí se apague el fuego lentamente).         
Trato de mantener
un cierto orden, aunque mi desánimo
me detiene a mirar por la ventana
las rubias hojas, el lento crepúsculo,
el recambio de hechos dignos de recordar.

Que no excaven mi patio buscando botines ocultos,
que los vecinos logren comprender
mi cansancio, mi carencia de risa,
mi indiferencia ante el futuro de la cuadra.
Los he visto
cruzar la calle con gran discreción
desplazándose sobre la otra acera.
Es como si quisieran despedirme
—extraños ya a mi vida sin apegos—,
desde sus territorios demarcados.

Esta es la casa ante la ruina. Aquí han vivido
—más allá de las líricas pasiones—
alimañas de todo tipo nutriéndose unas de otras;
y ahora escapan por las grietas de los muros,
por las heridas de mi piel y de mi espíritu.
Las bandadas de pájaros bebían de mi fuente
y cantaban hasta caer rendidos,
y luego pernoctaban en los árboles del patio
para iniciar el ciclo en la mañana.
Casi todos partieron —solo quedan los rezagados—
luego de percibir los temblores del caos;
quedaron los más fieles, los ingenuos
que siguen apostando
por la perpetuidad de las estrellas.

A las cinco de la mañana, casi siempre,
cuando cae la luz sobre la vida
—que se va consumiendo como un cigarro—
miro las flores cultivadas por mí mismo,
y mis rosas se vuelven alelíes de mi madre,
y me percato que he olvidado muchas navidades.
Ahora ya no sé quiénes siguen amándome,
en tanto la entropía
implacablemente persiste en su tarea.

martes, 7 de enero de 2020

El dios de la crueldad


La eterna melodía ahúma
por la hondonada, por el prado,
majestuosa serpiente,
elástico sonido cuyo extremo nutre
el dios de la crueldad.

El pastor solitario, a horcajadas
sobre un enorme tronco,
cede a la vida circundante
vibraciones dichosas de su alma.

Pace el rebaño, mansamente,
disfrutando de la abundante hierba,
embriagado, a su vez,
por la profunda melodía.

Y el lobo hambriento —en la acechanza, inmóvil—
percibe, en el sosiego de fatal embriaguez,
la eterna melodía que circunda
como razón de éxito y de éxtasis.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Diosa coronada


Era yo un dios náufrago
voluptuosamente anclado en su cama,
y la sal
de sus olas níveas
y el efluvio del misterio
eran mis aromas.

A veces, cavernario, observaba
sus muslos a la lumbre y al aceite,
su ensoñación de ave entre mis manos,
su risa que afilaba las piedras,
y la amaba
con la dicha que hace vencer las intemperies.

«Ah, traviesa gacela de las horas del día».

Cuando todos mis esfuerzos
confluyeron en su boca,
me hice omnipotente entre sus sábanas,
y a ella le nació
una diadema de diosa entre las sienes.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Mientras duermes

Te has dormido, justo
cuando la noche empieza a llenarse de tactos,
el cielo está en su día libre, y llueves
a cántaros desnuda en mi memoria
sobre mi cuerpo suspendido en la vigilia.

Es una lástima perder así
una emoción que pudo quedarse en el recuerdo,
y estoy insomne
y solo
y amanece.

martes, 17 de diciembre de 2019

Es mi mundo un firmamento en contracción


En medio de estas cuatro paredes voy diciendo
(aunque no sé si, «enlazados vocablos»);
instruido hasta la médula,
exangüe por la lentitud de mi caída: benditos versos.

Cuando llega el anochecer
se inicia mi porfiada lucha contra el odio
a los demonios que esperan mi cadáver
(¿no sabíais que a veces creo en Dios:
me brota la esperanza de encontrarme
mañana con mi padre, con mi hermano,
con todos los que amé en esta fugaz aventura?).

A vosotros os digo
—quienes habéis perdido la ilusión—:
perseguid y encontrad el camino de los sueños,
la victoria espantosa donde yacen
los devotos a sus destinos
(enfermedad terrible del poema).

Atreveos: miradme
en medio de mis cuatro muros donde digo y me desdigo;
escrutadme detrás de la entornada puerta,
donde me atrevo a levantar hasta las nubes
la copa de la eternidad.

Buscadme y observadme. Así sabréis
que soy una pregunta lánguida 
ya sin respuestas en mi voluntad.

Buscadme, ahora que mi mundo
espera todavía su tiempo de estallar.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Un viaje feliz


Del puente del pasado
llega un recuerdo alegre:
un camión de mi padre
camino a la ciudad
con su carga de rollos.
Quería ir con él.

Le pedí me llevara
con ansiedad de niño.
Mi corazón latía
fuerte mientras miraba
la expresión de mi madre.
Y me llevó con él.

Fue una bella experiencia 
aquel viaje feliz.
Mi padre ya no está.
El recuerdo persiste.
Y para no llorar
sonrío a la nostalgia.

martes, 3 de diciembre de 2019

La grieta

Tengo amigos que se han marchado.
Tengo parientes que se encuentran muertos.
Y en los que van quedando veo
sus metas y sus rostros
partidos por profundas hendiduras
resquebrajamiento de suelo
degradado por falta prolongada de lluvia—,
la sensación de ausencia irremediable de ser vivo.
Y reparo y oigo el temblor del turno
y el ansia de las aves migratorias
y el madurar del trigo en la pradera.
Y me inclino a los labios de mi primer amor
y siento la pasión en mi memoria muda
y la sangre en mi corazón abierto.
Camino con ellos en la intemperie de los días
como un sobreviviente
que atónito se mira a cada tanto
en el sucio espejo de la laguna.
Y veo que también he cuarteado
mi rostro y meta contra el sol del tiempo.