martes, 7 de enero de 2020

El dios de la crueldad


La eterna melodía ahúma
por la hondonada, por el prado,
majestuosa serpiente,
elástico sonido cuyo extremo nutre
el dios de la crueldad.

El pastor solitario, a horcajadas
sobre un enorme tronco,
cede a la vida circundante
vibraciones dichosas de su alma.

Pace el rebaño, mansamente,
disfrutando de la abundante hierba,
embriagado, a su vez,
por la profunda melodía.

Y el lobo hambriento —en la acechanza, inmóvil—
percibe, en el sosiego de fatal embriaguez,
la eterna melodía que circunda
como razón de éxito y de éxtasis.