sábado, 29 de agosto de 2015

El emplazado


Buscan acometer contra la mole
de mi feudo muy bien amurallado.
Las ansias del pillaje y la piel tersa
de nuestra reina tientan sus deseos.

Así mismo, vencer la testaruda
negación a los ímpetus tiranos,
pues odian que los simios, en las ramas,
contra el león regente satiricen.  

Pero en vano me advertirán, diciéndome:
“he aquí el hombre que vino a desplazarte”,
señalándome un pobre desdichado
a quien acucian hambre y mil demonios.

Les digo a los que buscan intimarme:
“el hombre que trajeron soy yo mismo,
que vino aquella vez, cuando creyó
que era, del que fue, su reemplazante”.


Por qué no me abandonaste aquella noche


Discutimos.
Te lancé insultos que rompen tolerancias.
Dejaste de mirarme.
Abriste la puerta para abandonarme.
Te detuvo la duda.
Te volteaste mirándome de frente. . .
y lentamente regresaste a mí.

¿Por qué no me abandonaste aquella noche?
¿Tuviste lástima de mí?
¿O acaso fue la noche, imponente, estrellada,
vaciándose en mis ojos?


Recuerdo póstumo


                                        
Vas andando los días y descubres
ciertas flores ausentes del sendero,
recuperas el agua acumulada
recordando la sed que has compartido.

viernes, 28 de agosto de 2015

Tu sueño es como un taxi



Es tu búsqueda como un taxi,
se nutre de infinitos viajes ,
de conversaciones con cortes súbitos,
de voltear todo el tiempo el rostro
para evitar depredadores,
de aprender de memoria los nombres de las calles
para acortar distancias
y ganar tiempo.

La búsqueda se nutre
de humildes metas.

Hasta que el taxi, poco a poco,
se va desvencijando
de tantas vueltas y destinos,
de tanto repetir las experiencias,
de tanto hábito.


Insomnio


Quizá la noche no se vuelva larga
y rescate su atmósfera encendida.
Es penoso el desvelo de la luz rendida
tratando de saciar la sed amarga.

El hilo retomar quizá se pueda
de aquella forma de vivir creciente.
En esta lenta eternidad, la mente
del ensueño derrama lo que queda.

Alimentando el nocturnal derroche,
la memoria compurga el desaliento
en las adversas márgenes del brío.

Y espera persistir en esta noche,
hasta que con la aurora el nuevo aliento
haga volar los pájaros del frío.


Secuela de una crisis en el ritmo del corazón


Una crisis en el ritmo del corazón
vuelve, al otoño, áspero; al sol, verdugo;
y a la granada de la gloria, una estampida
bajo la noche gélida.

En territorios arteriales 
el río se hace caudaloso,
y en su sangre se ahogan los días y las noches,
y advierte la pasión el tiempo 
como hormigas de luces,
nocturnas cuchilladas en los ojos,
una frivolidad en el destello,
en la sombra del pálpito,
una media luz recostada en la nostalgia,
un río con su cauce sin canciones,
un árbol que rechaza ya su bosque,
una semilla que se parte a destiempo
y nunca recupera su húmedo destino.

Una crisis en el ritmo del corazón
convierte el horizonte en espejismo,
y cada paso nuestro sobre el día
recula de su espanto
como corriendo de su muerte para atrás.


El primer beso





Era encarnado amor, audaz, oculto.
Lucía el éter cóncavo, perfecto.
Hirió la noche el tajo azul y recto
de un cometa, cobrándose el insulto

de la luna prendida a sus cerrojos
mientras, hostil, el dios de las doncellas,
negro y umbrío, desterrando estrellas,
me denegaba los ardientes ojos.

Al acercarme a su rubor, su risa
arrancaba la gula lujuriosa,
e hizo harapos la virtud sumisa.

Dulce entierro en la cámara pulposa
de sus labios, y en súplica indecisa
los pétalos carnales de la rosa.


La pérdida


Vago definitivamente
desviado de las calles
que puedas transitar en tu existencia,
quizá reconocido en tu recuerdo
como un rostro que capta el miope
o como un beso exiguo de sabor.

Quizá me inventas todavía,
como homenaje compasivo
a mi pasión intensa:
ansioso en las esquinas de los bares,
en el cuarto de hotel hoy ya sin nombre,
sobre una sábana
que sufre su color en tu memoria.

Me duele ese recuerdo que agoniza
más que el amor perdido.


jueves, 27 de agosto de 2015

Hiroshima y Nagasaki


                                                                       Homenaje a las casi 240.000 víctimas fatales de Hiroshima y
                                                                       Nagasaki, ciudades que sufrieron ataques nucleares los días 6
                                                                       y 9 de agosto, respectivamente, de 1945.


Porque ya no le queda fe,
porque su cuerpo humea,
una boca —rojos los dientes— indulta a los dioses
—una boca, todas las bocas, mi boca—
el infierno antes de tiempo,
el niño en sangre, extraviado entre escombros,
la madre sin cocina, sin tarea, sin despertador,
el padre buscando el suicidio,
la ciudad en llamas plegada sobre sí.

Un pájaro interroga al dios de los pájaros: por qué
el aire se inflama hasta el cielo, por qué
los nidos se achicharran, por qué
la hierba se calcina de súbito, por qué
el apareo ya no es posible
hasta los próximos cincuenta años. ¡Por qué!

Una niña, colegiala feliz,
no sabe nada y llora, desnuda llora, llora
el amor por su muñeca,
el corazón carbón de su muñeca,
y nada sabe y llora y sólo nada sabe
de esa lluvia fea, agua polvosa y gris, y llora
segundo a segundo a segundo
todo lo que fue su mundo.

En bosques bien cuidados
se cazan mariposas al otro lado de la tierra.
En campos de golf onerosos
se relajan los ideólogos de la victoria.
En alegres tertulias se deleitan los tímpanos,
en las casas tranquilas
envejecen las viudas de soldados.

Sigue el curso de la vida, sigue y sigue,
sigue la mágica restauración, ya sólo
quedan los cuerpos sin suplicio, sin rostros, sin nombres,
queda el alma en la calma del arma mortal,
sólo el consuelo de la eternidad.

Ay, esta culpa hereditaria, cómo duele.
Ay, los monstruos que somos, cómo duele.
Ay, nuestros espíritus horribles con traza
de crueldad recurrente, cómo duele.
Ay, las imágenes interminables
de la carne apretada en racimos bajo la muerte, cómo duele.

Hoy se oyen voces entonando
en los medios del orbe
venerables noticias de progreso y civilización.

. . . los seres humanos, los victoriosos sapiens, somos
los elegidos de Dios, los indomables del Diablo, somos
lo que más nos gusta hacer, el juego que más nos distrae, somos
matarnos todo el tiempo, crónicos jugadores, somos
los inmortales hominoideos. Somos . . .

martes, 25 de agosto de 2015

Conversando con el silencio


Silencio, franqueado por millones de voces, zumbado por miles de pájaros,
por los interminables ruidos de las calles. Continente de mi zozobra.

Ahora eres el mutismo de mi bilis, la afonía de mis radicales libres,
y yo solo en la evocación hasta el espanto, sin pensamiento amigo,  
sin un alma alrededor mío, sin una hoja fantaseando en el aire una danza.

Silencio alrededor. Desde las fauces de vacíos caen las flores del jardín.
Salgo al patio y espero a que venga la aurora, destrozando la bruma,
amordazando tras las copas de los árboles, desplegándome el cielo de mi herida.
Con sólo el gran callando alrededor.

Corre, más lenta, que te pueden oír, luna, símbolo de mudos amantes,
repite nuestra cita, acércame a sus ojos, susúrrale en la concha de su oreja
las perlas que le callo: “inicié esta cruzada por nosotros,
sólo espero tu aprobación. ¿Quieres acompañarme en la lucha insurrecta?
Nosotros marcaremos el silbido y la actitud. Nada debe quedar así, ocultando
este lugar de podredumbre y desacuerdo”.

Él se encuentra impaciente, arrojará al viento de su enrejado contorno
tus espejos, tus polvos, tus perfumes. En silencio, mi amor.
No quiere ser esclavo de tu ausencia. Él sabe que te sienta
mucho mejor la risa franca, nuestras nobles atmósferas de charlas.
¡No temas a sus largas horas! Yo seré el anarquista de todos sus atajos,
construiré barricadas en sus calles. Atisbaré sus huellas.
Los ardores vendrán encolumnados en nuestra ayuda, nuestra defensa.
¡No tiemblo ante su látigo de tiempo! Ya me puse de acuerdo con la noche.
Vadearé sus sombras. Desobedeceré a mi tigre de asalto,
movido por mi amor rebelde.

Me levantaré abriendo las entradas a la casa, los costados de las murallas.
Ven conmigo amor, por nosotros. Acá, en casa, haces mucha falta.
Hoy será luna llena. Te acogeré como el primer amante que fui,
con el niño de mi emoción. ¡Ven, ven a nuestra casa, amor! En silencio.


La pasión del romano (poema épico)




La firme obstinación de aquel cristiano
en la tortura, Plinio, constataba; 
y cuando el cuerpo, exhausto, desmayaba,
veía que el martirio obraba en vano.

Por su Dios el cristiano se moría
pues, comprendiendo echada ya su suerte
en la tortura, cerca de la muerte,
sosegado en el alma sonreía.

Al no rendir la fe, Plinio tronaba,
y exigía tormentos más logrados,
aunque siempre veía malogrados
sus esfuerzos y siempre fracasaba.

Pide, entonces, a su señor, Trajano,
luego de abrumadores sentimientos,
que de los imperiales pensamientos
surja con prisa algún consejo sano.

El sabio emperador dice: “querido
Segundo, si, al negar los acusados
esa creencia vil, son invocados
los dioses, muéstrate compadecido;

mas, si persiste la desobediencia
y juran hasta la impiedad tercera,
castiga con resolución severa
arrancando esa fe sin indulgencia.”

Así, Plinio, sus dudas aplacadas,
bajo el bestial dolor de los tormentos,
perdona a algunos y condena a cientos,
según las leyes prácticas dictadas.

Y en el trajín de las persecuciones,
arrestan a una idólatra doncella,
en óleos ungida, virgen, bella
cual Venus, quien inflama las pasiones.

Mas, la cristiana, de su fe no abjura;
firme y estoica entrégase al martirio,
y en medio del tormento y el delirio,
se reafirma en su Amor, callada y pura.

Busca, Plinio, salvarla de la muerte,
esclavo ya de la pasión extrema;
y, luego de sacrílego anatema,
clama al Hado torcer aquella suerte.

Sufre la fe e intransigente entrega.
Desea suya la virtud lacrada,
mas la fiel voluntad indoblegada
del alma la merced mundana niega.

Entonces, el castigo inevitable
se lleva al Hades a la fiel criatura,
y hondo desgarro que dolor supura
en Plinio deja el día inhabitable.

"¡Oh, Júpiter, innoble y despiadado!
¿Por qué, tu potestad, un alma pura,
decide, desde la divina altura,
presto llevar, dejándome pasmado?

¿O tal vez fue este dios desconocido
quien desdeñó mi vivo sentimiento,
hundiéndome en dolor y desaliento
y en palpitante espíritu vencido?"

Bitinia conoció la triste historia;
muchos siglos los bardos la cantaron,
hasta que olvido y tiempo amortajaron
de aquel romano la imposible gloria.


Diurnidad


El día amaneció sin rostro,
no consigue mirarse en el espejo,
si ha de elegir la forma de su muerte
querría perecer sin adjetivos.

El día amaneció con huesos rotos,
no puede andar,
cojamente se aparta hacia la sombra de los árboles,
no desea el bullicio de los pájaros,
sólo ansía dormirse una mañana eterna.


Al buscador




Cuando el ámbar, el sándalo, insurgente
tu espíritu arrebate a los jardines
del reino de tu meta, y sus festines
surtan pociones de la azul serpiente.

Cuando alcances el río evanescente,
donde el curso, ante sones de violines
y retozos de dulces serafines,
es pura luz de la inmortal corriente,

glorioso pájaro de nunca olvido,
entre briznas de intrépidas verdades
disfrutarás de atiborrado nido.

Y cuando su soflama ceda el fuego,
porque cíclicas son las heredades,
recogerá tus lentes otro ciego.


lunes, 24 de agosto de 2015

Versos rebeldes




Hay versos que se escapan del talento
como frecuencias de ondas inaudibles,
que están ahí, que viven imposibles
memorias de la luz en aislamiento.

Su reflejo descarga el ardimiento
como imágenes ciertas y visibles,
aunque frías se muestran e intangibles
al ávido latir del sentimiento.

Pero una noche prófuga y vacía,
de la muda mazmorra, tembloroso,
un rumor de cadenas rotas sube.

Un sonido de tierna rebeldía,
un rayo que se prende prodigioso
en la matriz del alma de una nube.


Candidez en el río



No lejos de la ribera
-azul el agua del río-,
los bañistas se refrescan
alegres y distraídos.

Una muchacha morena
-remera de blanco hilo-,
al mojarse me revela
sus duros senos castizos.




Alejandro Magno


Jamás olvidaremos tus gestas, rey del mundo,
aunque difusos siglos alejen de tu gloria
este remoto tiempo. Repite la memoria
los triunfadores cantos, el coraje rotundo.

Hijo de Macedonia, del otro rey brutal:
saciando los impulsos del felino guerrero,
con sublime artería —tigre sobre el cordero—
condenabas legiones a la tierra fatal.

Por mares de victorias, sobre divinas barcas,
aplastando el orgullo de rebeldes monarcas,
griegos, egipcios, persas, tu furia sometía.

Ulises invencible: olímpicos favores
te urdieron inmortal; y terrestres honores,
el más humano dios de la mitología.



sábado, 22 de agosto de 2015

Fragilidad del amor





Mil veces extraviaste en el camino
el rumbo de la dicha; prometiste
amarme en los reveses del destino,
una lluvia de sol me prometiste.

Otras veces, tu piel, en el apego,
abrasaba la loca fantasía,
abrasaba mi gris melancolía
el manto de tu luz y puro fuego.

Hoy veo en el jardín la eterna rosa
sostenerse regada en la frescura
de las noches serenas, la ternura.

Pero persiste en mi ebriedad celosa
el miedo de tenerte y no tenerte,
el miedo a la mañana de perderte.


viernes, 21 de agosto de 2015

El poema insurrecto


El poema siempre desciende abstracto sobre la médula del brío,
sobre el clamor del verso inexistente, sobre la súplica del estro,
sobre las teclas del ordenador, sobre el coraje,
deslizándose con el tiempo hacia el recóndito vacío;
y, en la eventualidad de su germinación, se observan sepultados casi siempre
todo su ritmo, con todas sus verdades, bajo la yerma sustancia del abismo
donde casi como la nada se percibe.

Un poeta lejano sufre. Se ahoga en su carencia; y esa agonía de lo insulso,
impone su mensaje de eutanasia en la quimera del pasado,
en la ruina  del intento fallido. Y entonces el espíritu ya nada sabe de esplendores;
y nada más comprende. Se nutre de codicia atada a los residuos del talento,
y no logra sino arrear a todos los pájaros de su sueño,
agotarlos en su propia pobreza, donde lentos y cansados van de a uno muriendo.

No se crea la luz con simple voluntad, ni en el fiero combate con las duras palabras,
ni en la exclamación vigorosa de los adjetivos, ni en el asalto a lo sutil,
ni en la fascinación por la simbología, y menos todavía
en el extravagante grito de las metáforas.
El poema es un galope hacia el miedo de perder la cordura,
es un miedo que escucha lo que no ha dicho todavía,
es un miedo tembloroso que sigue y sigue hacia el fuego que espanta,
hacia la luz que el miedo difumina.


jueves, 20 de agosto de 2015

Cumpleaños



¿Saben una cosa?:
hoy es mi cumpleaños.
Cumplo cinco años.
Estoy algo herido:
soñando viví
la feliz velada
que nunca llegó.
Faltaron cornetas,
globos y matracas,
torta y chocolate.

En este momento
—ya pasa la tarde—,
voy hasta la esquina,
al viejo almacén.
Mientras me encamino,
bajo la tristeza
del gran tarumá,
voy zarandeando
el viejo bolsón
como torpe péndulo.

Me mandan comprar
leche, azúcar, pan.



La cita




Estoy esperándote desde hace casi media hora. La duda carcome mis uñas y me hace arrojar el cigarrillo recién encendido. Me sobran dos.


Borges




Exhuman los aljibes y palmeras,
muros y verjas de forjados hierros,
almacenes en lánguidas aceras,
arrabal de cuchillos y de perros.

En el albur, en el confín exacto
del silencio, iluminan primordiales
tus palabras de genio autodidacto,
la oscuridad de alturas abismales.

Discurres con la fiel melancolía
—paciente tigre de la azul sabana—
laberintos de cábalas y espejos.

Que cubran este canto de elegía
en el tablero azul, frente al mañana,
de tu ajedrez las sombras y reflejos.


El anciano en el salón de música


La conversación quedó cortada como por una filosa guadaña invisible; y las palabras, las últimas que se pronunciaron, heridas en la abierta garganta, salpicaron deletreadas el espacio para ir perdiéndose como un eco de estupor con el humo de los cigarrillos.
El sudoroso olor de los jóvenes en aquella tarde de tórrido verano, contribuían también, al acre olor que despedía el ambiente.

Las miradas quedaron paralizadas, los ojos derrotados como astros caídos de sus órbitas, las bocas semiabiertas, en el silencio agobiante que se produjo.

Hasta los Beatles parecieron titubear en aquel pasaje de “Lady Madonna”, cuando la silueta apareció entrecortada por la hoja de la puerta.
Frente a la intermitente fuerza del ventilador, la otra hoja fue abriéndose lentamente, desprendiendo un gemido cansado y sin final. Y se vieron los ojos del hombre aparecido, más azules que el cielo, más cansados que el de Cristo en el Gólgota. Era su apariencia la de un huracán vencido, agonizando detrás de las tormentas, que buscaba revertir la incoherencia del orden existencial.

El cuerpo de hombros caídos y de piernas dobladas sobre sus rodillas, soportaba estoico el viejo traje de hilo color marrón desteñido, que probablemente lo había utilizado por última vez veinte o treinta años atrás; y que hoy, luego de haberlo meditado mucho tiempo, de lo cual disponía en su monótona existencia; luego de haber madurado la idea durante meses, probablemente, decidió ponérselo. Y probablemente también, para expresar en aquel último lenguaje disponible, el deseo de reivindicación de su latir humano. No era un pedido demente que exigía el título de Napoleón, sino el grito del alma en el cuerpo destruido, el clamor del hombre enfermo, del hombre marginado en la senectud que, dolorosa e injustamente, era empujado hacia el abismo de la soledad y el abandono.

Nadie pudo soportar el estrujo de aquella presencia, de aquella cabeza canosa, de aquellas manos temblorosas y arrugadas, de aquel rostro enjuto y triste que expresaba décadas de sol y lluvias, de risas, llantos, odios y pasiones definitivamente idos. Ninguno tuvo el coraje de sostener la mirada. Todos bajaban los ojos hacia las frías baldosas, y el más sensible se cubría el rostro disimuladamente con los brazos.

Un cigarrillo iba quemándose entre los dedos inmóviles.

Terminó la música en el tocadiscos automático, y ello sumió a los hombres en un silencio insoportable. Se oía, tan sólo, el aullido lejano de un perro callejero. Se hacía difícil hasta respirar. Algunos detenían momentáneamente el ritmo de sus aspiraciones de aire, por temor a los resoplidos. A pesar del trabajo persistente del ventilador, los jóvenes sudaban copiosamente. Los sudores se deslizaban en los rostros, por las mejillas, y nadie se atrevía a secárselos.

Luego, cuando todo inducía a pensar que el ambiente iría a estallar en cualquier momento, se escuchó como un débil quejido, que parecía nacer de la entraña misma de la tierra. Entonces las miradas se alzaron, tal vez animadas en que todas la hicieran juntas. Vieron que unos inseguros dedos trataban de enjugar las lágrimas que se desprendieron del cielo. Las pupilas acuosas parecían mundos que sangraban transparentes. Fuera de toda duda, se advertía que aquellas retinas seguían imprimiendo las imágenes de aquellos muchachos vigorosos, con sus torsos desnudos, escuchando música; la guitarra descansando sobre un sofá; los vasos, el humo, los pósteres de grupos de rock famosos pegados en la pared, los libros en la pequeña biblioteca; es decir, la imagen del desparpajo de la juventud. Tal vez esos ojos veían ya, no ese momento, sino el suyo propio, el de sus veinte años, el de su propia juventud para siempre perdida.

Todo fue doloroso y patético.

Cuando uno de los jóvenes –el dueño de casa- se levantó y dijo: “-¿qué haces aquí, papá? Vamos, te llevo de regreso a tu cuarto”, los otros quedaron perturbados y paradójicamente aliviados por la visión de aquella figura humana destruida que se alejaba.
Uno de los presentes, el que siempre ensayaba pensamientos filosóficos, murmuró: “La vida es un relámpago en el tiempo”.

  

miércoles, 19 de agosto de 2015

El ex presidiario


En todo caso, prefiero volver a la cárcel antes que seguir con esta libertad encubierta. Me han devuelto, es cierto, la calle, las putas, y mi libre albedrío en cuanto a la posibilidad de volver a estafar. Pero nada me sirve: la calle es peor que los corredores del penal. Camino sobre su mugre todos los días en medio de desconocidos, en quienes no puedo depositar siquiera una anécdota; y si me cruzo, a veces, con alguien que, sí, me conoce, huye de mí a causa de mi estigma. O, como con un sidoso, se detiene a hablar conmigo tomando una desagradable distancia, incómoda distancia, porque, además de sensible para estas cosas, soy un poco sordo a causa de los sopapos policiales que recibí cuando estafé al pariente de uno de ellos sin saberlo. Con las putas no consigo cama por culpa de este círculo vicioso: dinero para ellas, estafa para el dinero, cárcel para la estafa. Con ocho entradas en menos de cinco años la cosa se me ha complicado; ni mis ex compinches me dan una oportunidad. Ya corrieron la voz endilgándome el apelativo ese de yeta. “Siempre cae”, dijo uno, alguna vez, con un tono alusivo a que podría tener alguna conexión con la corruptela policial; que podría estar estafando para la corona, y que, con mi venia, ellos me encierran para disimular. Por suerte, esa grave acusación no prendió, luego de la violenta paliza que le infligí al desgraciado, y que me costó dos semanas de aislamiento. Se me ha complicado de veras. Allá, adentro, la vida es mucho más llevadera. Todos me conocen, me dan mi lugar, en cierta forma me respetan, y hasta los guardias me tienen cierta consideración. Tengo más chance para encontrar recovecos donde conseguir dinero. Están los nuevos, los que sienten el temor de encontrarse súbitamente en la jungla desprotegidos, a merced de la jauría, los nuevos que dócilmente se entregan a las maquinaciones de los más antiguos, de los avezados vividores como yo. Están las visitas, las mías que, a pesar de ser esporádicas, siempre están; y están las visitas de los compañeros, las hermanas, las primas, las amigas de las amigas, que siempre están, que siempre traen cigarrillos, algún dinero para sobornar a los hambrientos guardias, y cuerpos ardientes para ofrecer en las visitas privadas. En fin, la gente de ese mundo reconoce mis cualidades. He escuchado a un condenado decir que me ve casi como un artista. Imagínense el elogio.

Así, pues, no sé qué hacer. Seguiré así una semana, quizás dos, a lo sumo; pero, luego, si la cosa sigue así, apelaré al recurso último que siempre me ha salvado: volver a estafar para volver a la cárcel para volver a luchar por esta libertad inútil.


La camisa colorada


Una vez, Tati, el más pequeño de nosotros, al observar a una persona que caminaba por el medio de la calle, a unas seis o siete cuadras de la bocacalle donde estábamos perdiendo el tiempo, exclamó:

—Allá viene Gaona —mientras levantaba el brazo para indicárnoslo.

—¿Por qué lo decís? —le espetó mi hermano.

—Porque trae la camisa colorada.

Nos reímos. Era cierto. Cuando se acercó un par de cuadras pudimos comprobar que se trataba de Gaona, y que Tati tenía unos ojos de lince. Y era cierto también que Gaona siempre vestía una camisa colorada. Con el tiempo pudimos comprobar que no era una sola camisa la que tenía, sino varias, pero todas eran coloradas. Exigía a su madre que le comprara sólo camisas de ese color; odiaba las camisas que no eran coloradas.

En los primeros tiempos, cuando pasaba frente a nuestra casa, no pudimos darnos cuenta de su anormal comportamiento, ya que, indefectiblemente, lo hacía acompañado de su madre y, el muy astuto, se ubicaba al otro lado de la luna materna, donde sólo podíamos divisar sus grandes zancadas, mientras se agarraba con fuerza del brazo de la corpulenta señora.

Justamente, el hecho de que caminara escondido detrás de la falda, impidió que nos percatáramos de que siempre vestía una camisa colorada, detalle que no se le escapó a Tati. Por eso nos reímos y quedamos admirados de la sagacidad de la observación de nuestro primo.

Ese día, Gaona, insólitamente, venía solo. Nos llamó poderosamente la atención, y nos dispusimos a esperarle, a verlo pasar, a estudiarle, a radiografiarle, a tratar de comprender (o constatar) la timidez que creíamos formaba parte de su personalidad, en contraste sorprendente, ahora, con el temerario arribo sin protección materna. Y queríamos ver, también, cómo sortearía pasar frente a nosotros, solo, cómo se las arreglaría para vencer lo que nosotros considerábamos su enorme timidez. La expectación fue creciendo a medida que Gaona se acercaba a nuestro grupo. Sus largos pasos, sin estirar del todo las piernas, se hacían más patentes y patéticos ante nuestros ojos.

—¿Por qué camina así? —dijo el siempre curioso Tati.

—Y seguro que tiene algún defecto, algún problema en la pierna —dije yo.

Los tres estábamos absortos en el caminar de Gaona. Veíamos cada detalle de los raros movimientos de sus articulaciones. Por momentos, el silencio parecía insoportable; entonces, alguno de nosotros hacía algún comentario sobre la camisa colorada que se acercaba con los pasos rígidos de un robot con el fin de eliminar la tensión.

Cuando estuvo a media cuadra de nosotros nos fue posible observar con cierta nitidez los rasgos de su cara.

—¡Miren, se ríe! —casi gritó, Tati, esta vez sin levantar los brazos (Gaona estaba ya muy cerca, y nos miraba, no dejaba de mirarnos, y sonreía con la persistencia de alguien que está muy feliz porque posee algún tesoro guardado).

—“El hombre que ríe” —dije yo, recordando la novela que los tres habíamos leído.

—Es cierto, ¿por qué se reirá el pelotudo?

—Y no deja de mirarnos. Vamos a decirle que no nos mire más, y si no nos hace caso, le garroteamos —era Tati. Su propuesta no nos disgustó. También, mi hermano y yo, empezábamos a sentir rabia contra el tipo. Enojo, porque no se sentía intimidado ante nuestra presencia, porque no tenía ni una pizca de miedo. Lo normal era que se cagara de miedo. Éramos tres, y le mirábamos fija y seriamente, desafiantes, como esperando algún pedido de permiso para usar nuestra calle, o que utilice su cobardía, que el desgraciado se arrugara en su timidez para pasar. Pero, no, nada de esto sucedía; el muy tarado se acercaba con la naturalidad de un animal que se siente fuerte y seguro y sin hambre. Nos acercaba su risa y su camisa colorada, sin complejo alguno, como si fuésemos pigmeos ante el paso de un elefante. Por supuesto que la indignación y el asombro se apoderaron de nosotros, y nuestra propia conciencia se reía también de nosotros, al sentirnos tiesos, inmóviles, sin entender qué mierda nos sucedía.

Por fin, Gaona, llegó a unos veinte metros, seguía caminando por el medio de la calle (de tanto en tanto tropezaba, levantando pequeñas nubes de polvo); nosotros nos encontrábamos en la vereda. Yo estaba sentado en el saliente de la ventana, Tati, en el cordón de la vereda, y mi hermano no quería sentarse, estaba recostado contra la pared de la casa.

—Miren, no deja de reírse —dijo, Tati, con voz casi inaudible. La verdad es que, además de intrigarnos, la risa nos desconcertaba, no sabíamos qué hacer. Sólo se nos ocurría mirarlo perplejos, extrañados, queriendo comprender esa maldita sonrisa.

Cuando estuvo ya, prácticamente frente a nosotros, su sonrisa pareció intensificarse. ¡Eso era el colmo! Y encima nos miraba más fijamente que antes. Sus ojos eran grandes y negros como los de una vaca, y su mirada también parecía la de una vaca: tenía una mezcla de mansedumbre, curiosidad, la posibilidad de un cierto peligro, la convicción de que no le haríamos daño.
Lo que yo pensé en aquel momento fue que, si se hubiera tratado de un chico con las mismas características físicas que Gaona, pero sin su sonrisa, hacía rato que nos hubiésemos burlado de él, riéndonos de buena gana de su ridícula forma de caminar y mover los brazos (como si estuviese en una marcha).

Luego sucedió el hecho que nos sacó de nuestras casillas. Gaona nos observaba, indistintamente, a cada uno en especial, y para cada uno de nosotros tenía una risa también especial, diferente. La risa más grotesca fue para Tati, y éste se puso rojo de furia. Se levantó, y se dirigió resuelto a enfrentarse con Gaona.

—Cuidado —le susurré yo—, puede estar armado, puede llevar alguna navaja.

Tati desaceleró, pero no dejó de avanzar. Gaona no se detuvo, seguía caminando con una parsimonia que exasperaba. Entonces se puso frente a él y lo agarró de la camisa.

—¿Por qué carajo te estás riendo de nosotros? —le dijo, esperando la más leve razón para descargarle un puñetazo en la cara. Tenía el puño de la mano derecha bien apretado.

—Nosotros —respondió Gaona como un eco. Y seguía riéndose.

—Dejá de reír, idiota —le amenazó Tati, mientras levantaba lentamente el puño cerrado.

—Idiota —respondió el eco. Y seguía riendo.

En el momento en que Tati, descontrolado por la insolencia, estuvo a punto de descargarle el golpe, yo me percaté de que el de la camisa colorada no estaba en sus cabales. Siempre fui el más tranquilo, el más controlado de los tres. Ésta habrá sido la razón por la cual pude ver la absoluta idiotez que sufría Gaona.

—No, no le pegues —le grité a Tati—. No te quiso decir eso. Él repite siempre las últimas palabras. Repitió lo que dijiste, nada más.

—nada más —dijo, a su vez, el eco.

—¿Ves? No está bien de la cabeza. Dejále.

—Dejále.

—Es cierto —dijo Tati, mientras le soltaba la camisa y daba unos pasos atrás—, está loco.

—Loco —dijo el eco.

Cuando Tati volvió junto a nosotros Gaona se alejaba ya, con sus zancadas de pinocho, su risa que se volteaba todo el tiempo y su camisa colorada.

Al comprobar que Gaona era tonto, nos relajamos, y nos reímos de la desmedida importancia que le habíamos dado al hecho. Le llamamos “El Tonto”, después de habernos cerciorado de su tara. Ya ninguno le dijimos Gaona, le cambiamos el nombre; su nombre completo pasó a ser: “El Tonto de la camisa colorada”.