lunes, 11 de agosto de 2008

Oscureciendo


Buscarán mis raíces en la tarde
el fósforo, el potasio con que nutran
las deslucidas horas
grávidas de tu ausencia.

He vivido memorias y cielos de tus ojos,
donde los pájaros dormitan
en las ramas desnudas de tu cuerpo,
con pólenes fragantes de ociosas primaveras.

—¡Ay, lagos de felices lágrimas,
nocturnales espejos de la dicha!

Mucho amor hemos escondido
bajo las piedras,
exacerbando bullas de las ranas,
bailes de las hormigas en la aurora,
para que el bajo mundo
—no sólo el cielo— recogiera
los guiños cómplices del sol en tu almohada.

En la tarde de todos los recuerdos,
pintándome la luna de ceniza.

El paseo


Al invitarte a nuestro prometido paseo,
como una ciega mi brazo atenazaste
—tus despliegues me hacían sonreír—.
Me alegraba que nuestro amor hiciera
de la tarde y las nubes sublime beatitud.
¡Cómo admiraba yo
las golondrinas que estallaban de tus ojos!

Ondulante en la luz del latente crepúsculo,
descifrabas al manto de la brisa
sinónimos de suaves remolinos del diálogo,
mientras miraba el sol cayéndose
como si el mundo fuese a acabarse esa noche
—¡qué profusión de cielos
y qué conjura de eternidad!

La tarde olía a vírgenes praderas,
a senos palpitantes, desbocados suspiros,
a viejas esperanzas de victorias,
a hábito y hallazgo,
la tarde olía a que siempre me amaste.

Complacido sentía a mi alma girar,
dejándote en tu órbita
con emoción verter tus mil anécdotas,
mientras la luna iba niquelando,
como a mi espíritu, tu risa,
y la tarde, apagando sus temblores.

Entonces, ay, de su volar sabueso,
el pájaro de eternas alas descendió
para advertir triunfante:
la vida te dará, no siempre, la gloria de tenerla,
en tanto iba
—Infame predador de los momentos—
nutriéndose
de la serena dicha que emanábamos.

Lluvia en la memoria


En la pródiga lluvia,
liberadas al júbilo las flores,
recupero la edad de los aljibes.

El alma, con creciente regocijo, se repuebla de aves,
frondoso árbol presto a disfrutar
la enjundia de los dioses del anegado mundo,
y remoja su glauca cabellera
en el chorro brindándose del cielo.

La húmeda algazara
invade los rincones del jardín,
y mis ojos, dormidos en la música,
lejanas primaveras viven con pies descalzos.

En el fragor de la llorosa tarde, resurgen tenues
las voces —zumbos infantiles—
engendradas en esta lluvia antigua.

¿Cómo sabe llover
durante tanto tiempo la memoria?

viernes, 8 de agosto de 2008

Navegando


No es el rumbo calculado,
pilotaje que imprime a la apatía
la emoción de avistar la lumbre
creciendo en lontananza.

Ni los asomos pueblan
estas horas de duro sol,
donde el céfiro calla inerte
al garete de nuestras ambiciones.

Viva inquietud,
naufragio lento
en la tarea inútil de medir distancias.

Debería volver al punto de partida
para ajustar
los matices del sueño.

La travesía espera de las nubes
oráculos de buena singladura:
vuelos de pájaros
y el resplandor creciente
del puerto de jamás llegada.