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miércoles, 20 de mayo de 2020

Mi gato nocturno

Los sigilosos gatos cometen la osadía de tajar la noche; y ésta, como una catapulta, arroja su vacío mancillado sobre nuestro desorbitado insomnio. Como lascivos duendes, emprenden el trajín hasta el brocal del alba, y sus desmelenadas testas se tuercen en atroces llamados a la luna, rozando los tejados, las cornisas, en saltos de acrobacia pasional, mientras siguen las horas clavando en la memoria las garras incitantes.

Se inventa, entonces, mi fiel gato, su fogosa gata, y sale a retener el aire enrarecido de la medianoche. Su peso de conciencia cargada ya de ardores lo estimula y lo lleva a buscar ese apareo heroico y suplicante, aquella agitación de la torpeza, la mirada amarilla del deseo, la angustia de la carne lacerada, el placer de sentir la vida como una herida abierta, como una causa que bien vale el grito eternizado del instinto.

Cuando amanece es un gato exánime, adormilado e indolente que sólo ansía prolongar el sueño, el roce de la sábana y el cálido contacto de mis pies, ronroneando con dulzura como si nada hubiese acontecido.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El paseo

Al invitarla a nuestro prometido paseo atenazó mi brazo como una ciega —sus despliegues me hacían sonreír—. Me alegraba que nuestro amor hiciera de la tarde y las nubes sublime beatitud. ¡Cómo admiraba yo las golondrinas que estallaban de sus ojos!

Ondulante en la luz del latente crepúsculo, descifraba al manto de la brisa sinónimos de suaves remolinos del diálogo, mientras mirábamos el sol cayéndose como si el mundo fuese a acabarse esa noche —¡qué profusión de cielos y qué conjura de eternidad!

La tarde olía a vírgenes praderas, a senos palpitantes, desbocados suspiros, a viejas esperanzas de victorias, a hábito y hallazgo, la tarde olía a que siempre me amó.
Complacido sentía a mi alma girar, y yo la dejaba en su órbita con emoción verter sus mil anécdotas, mientras la luna iba niquelando, como a mi espíritu, su risa; y la tarde, apagando sus temblores.

Entonces, ay, de su volar sabueso, el pájaro de eternas alas descendió para advertir triunfante: "La vida te dará, no siempre, la gloria de tenerla", en tanto iba —infame predador de los momentos— nutriéndose de la serena dicha que emanábamos.