sábado, 12 de agosto de 2017

Terminar lo consumado


Con mi padre y mi abuelo ya muertos,
y mi hijo y nieto relevando mi sangre,
hallo que, prácticamente,
he vivido todo, he soñado todo;
y mis piernas empiezan a ceder,
como si pasase de largo la música de Bach
sobre mi falta de concentración,
sobre mi espíritu sin cúpula,
sobre el sonido de mi propios huesos.


Sin piedad se repiten ciertos ritos:
me despierto temprano sin despertador,
pago mis deudas con escrúpulo,
abro las puertas del pasado
para ver que ya nunca las podré traspasar,
nada de lo mal hecho podré ya corregir,
y en medio de mis pocas lagunas de esperanza
mi rencor va perdiendo de a poco su asesino.

Transito las arterias de mi barrio
eludiendo las mismas cuadras para no aburrirme,
sin arte, sin aplicación, sin mirar nunca el cielo,
con el deseo de satisfacer apetitos suicidas de mis tripas,
corriendo detrás del dinero en efectivo
para comprar el tiempo que me lleve
a abrir mis pulmones al aire de la madrugada,
acoger a los ángeles que cantan sin cadenas,
y concluir con ellos lo que está consumado.



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