sábado, 7 de noviembre de 2015

Las muchachas del cañaveral




Es tarde ya, muy tarde,
no precisamente en el día,
sino en el tiempo,
para bajar cantando hasta el plantío.

Con afán, he llegado a la colina
donde ansiaba una imagen minuciosa del mundo,
el altar del silencio, las cosechas doradas,
pero el otoño vino a las alturas
y los bríos recorren desnudos la ladera.

Las muchachas sonríen juguetonas
en los cañaverales,
se tumban en las islas de las ramas
tronzadas, con ardor
sobre las hojas de las cañas dulces,
felices al estar rodeadas por hombres,
y descubren sus muslos alzando las rodillas,
vertiendo sus instintos bajo el sol.

Mientras cazo imposibles mariposas
para el museo de la azul belleza,
yo sólo admiro solitario
cómo sustentan sus vigores,
cómo rasgan la luz con cañas seccionadas,
cómo descansa el sol
sobre la flor semidesnuda.

La vida de los valles del pasado
y el crepúsculo me hacen sombra.
Una ceguera irreversible me apodera.
El aire trae, en ondulantes hojas,
el aleteo de la piel
y los deseos juveniles.
Desde la edad baldía, no avisto ya el matiz
del eterno verdor, e inútiles
se vuelven las palabras para glorificar
los prodigios del día.

En segundos, estoy en este día,
el otro día, inesperado día,
donde ya nada existe.
El campo es un desierto,
los pájaros huyeron en bandada
como una nube hambrienta,
la sonrisa ha dejado su eco doloroso.
Se esfuma el río,
y la dicha de los cañaverales
cabe en una olvidada sed
de mi memoria.

Me estoy yendo,
es tarde,
veo desdibujarse el cielo,
las sensuales sonrisas
de las muchachas del cañaveral.
Y sé que nunca
retornarán en esta mañana luminosa.


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