sábado, 12 de diciembre de 2015

Sublime adolescencia




La guitarra ladea su contorno
a contraluz de la ventana;
y un ángel delicado, sin músculos aún,
entona su balada favorita,
ajeno a la belleza que trasmite,
a su propia sublime juventud.

La vida, en su rigor tajante,
desiste, sin embargo, todavía
de apuntar con sus dedos índices
para exigirle saco, corbatas y rutina.

Las vírgenes vestales le besan la mejilla
con labios en la miel de las abejas,
y atesoran el fuego en su virtud,
pues libre existe él, aún,
del artero puñal
que hiere el corazón de los amantes.

Alegres aleteos de rubias mariposas
orbitan las caléndulas del día;
duendes locos se adueñan de la casa,
trinchando panes, abriendo la heladera;
y un pájaro gigante, en marcha hacia el futuro,
se para en el alféizar y le ofrece
sus alas poderosas
para el volar azul en la existencia.

Ahí está, bajo el zumo de la tarde,
abierto el corazón a la ventura,
clausurada la puerta de su mundo
a todo mi presente,
cantando la nostálgica canción
de lo que está perdido.

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