lunes, 7 de septiembre de 2015

El glóbulo perdido




En tus entrañas, mundo mío,
desorientado anduve por tus ríos de sangre,
nadando con aprieto las espesas corrientes,
tímido, siempre temeroso de enfrentarme a los virus de la angustia.

Cuánto quería yo volverme tamborillero de mi infancia
y luego monaguillo, recolector de canastillas, hijo de todas las iglesias,
y luego hijo de papá, con anteojos, risa dorada, modales afectados,
y luego el chico alegre confesándole al tiempo: “cuando grande seré aviador”,
y luego rápido a crecer porque el orgasmo rastreaba ya su término primario.

Úlcera me causaban las calles donde yerra la miseria,
me derramé sobre las casas cerradas por el gran dictador,
y en sus nocturnas plazas vacías me iba a orinar canciones
con la incontinencia del joven rebelde que adora la libertad.
—¡Salud! —me decía un mendigo que huía del frío por toda la eternidad,
y los cuervos con siringes cantaban sus plegarias de muerte.

Mi ataúd era espuma de las noches, donde hermosas rameras
desinhibidamente fornicaban en lento amanecer.

¡Qué delirio de azul inmensidad me sostenía!
Rico en agobios, suspiraba por cornisas de altas azoteas,
esperando mensajes de palomas, noticias de otras guerras,
invitación al odio donde gastar mi tedio matando grillos de canciones átonas.

Decidme, ahora: soy o no el coágulo de este cuerpo atomizado y enfermo, 
el hematoma atroz, la purulencia fétida, la bacinica de las monjas azules, 
hermanas de la caridad que adoran con candor mi agonía.
Soy o no soy la célula cambiaria, la epidermis que resbala con el suicidio
por las alcantarillas de mi nutrición hasta el excremento cada día.



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