martes, 18 de abril de 2017

Morir sin ganas


Hermano caminante,
que paso a paso reconstruyes el cántaro
roto en pedazos de espejos,
dentro del cual me encuentras siempre
como un sapo dormido:
dime que he vivido para contarlo,
y que nos queda todavía corazón y vino
para sanarnos las miserias del mundo.

Si levantas las piedras,
encontrarás al mesías que habita en mí
(tal vez en forma de húmeda serpiente),
el que desea darte un abrazo
de tropa sobreviviente;
y algún día ser reconocido en tus noches
de paredes aceradas,
en la cruz negra a duras penas arrastrada por ti.

He aprendido a vivir cada vez más
en la orilla cordial y silenciosa del amanecer;
he aprendido a casi no morir ya,
burlados los análisis clínicos y bacteriológicos.

Pero sin tantas ganas, ciertamente,
porque la ola expansiva del misterio
hace temblar el calendario,
y siento mis archivos cerrarse en anarquía.

Mis humanas cadenas se resisten
tintineando ante la sedición de los recuerdos.    


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