martes, 19 de abril de 2016

Providenciales deidades




Siempre entregado a mi obstinación, y a pesar de las advertencias de Ego, me adentré una vez más por los lúgubres senderos hasta llegar a la última encrucijada, donde el cuadrado guardia se encontraba resguardando la entrada; y, con su magnífica elocuencia, me persuadió de que ingresara.

Bajando resbalosos escalones, entre vapores y húmedas paredes, hacia las profundidades de la caverna, el más benévolo de los demonios, (el que persuade de no llevar a cabo las acciones que no le conciernen), hizo su diligente aparición; y, señalándome los infinitos pasadizos que ante mí aparecieron, fue oponiéndose con razones convincentes, con argumentos desbaratadores al ingreso en que yo intentase.

En cuestión de segundos, la infinita cantidad de túneles fue bloqueada con la telaraña de crueles presentimientos, dejándome una sola galería libre; y ante la creencia de ser guiado por un ángel providencial, me adentré con la conciencia en paz, por la más infrecuente de las galerías, que se presentaba tétrica y desolada pues ni los murciélagos se atrevían a habitarla.

Apenas hube andado cierto trecho, una luz enceguecedora surgió de las tinieblas, bañó de dorado el enorme recinto que había alcanzado, y miles de imperativas voces sacerdotales sacudieron de latigazos mi imprudencia.

Cerrada la posibilidad del retorno, me arrojé sobre el reluciente piso en ínclita actitud de clemencia, anonadado ante mi incomprensible crimen, y despavorido ante el inminente castigo que supuse caería sobre mí.

-¡Regresa sobre tus pasos, maldito mortal!-, resonó límpidamente en la etérea bóveda.

-Estoy perdido-, musité tristemente.

-¡Eso es evidente! - bramó otra poderosa voz-. El regreso es metafórico. Nos referimos al principio de tu propia existencia; es decir, a tu inexistencia.

-Pero si yo soy el dueño de estas comarcas; es mi propio término el que estoy escarbando.

-¿Entonces por qué tiemblas de miedo? ¿Por qué te sientes profanador de tu propio templo?

Y ante la irrebatible interrogante, agaché la cabeza en son de entrega, y ofrecí al supremo auditorio la deposición total de mi humana creencia.

Finalmente, me condenaron de por vida al encierro en el luminoso recinto.

Como quien se resigna a su suerte, acepté mi destino con rostro rígido; aunque mi alma, muy secretamente, como el bufón que recibe golpes a cambio de buenas jocosidades, sentía el cosquilleo dichoso de no necesitar salir al mundo real, a los deberes, a la realidad rutinaria.
¡Nunca más los días de hastío!

Me dije a mí mismo:

      -¡Es una suerte que existan dioses propios en la psiquis del hombre!

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