viernes, 20 de noviembre de 2015

Al obstinado demonio de mi mundo interior




Me propongo acallar tu voz
destruyendo tus sucias intenciones.
Te rastrearé en las crujías
secretas de mi espíritu,
pues en una de esas oscuras
esferas siempre acechas.
Abiertas las despóticas cancelas
caminaré los pasajes oscuros.
Con las virtudes del galgo,
olfatearé la inconfundible
bascosidad de tu rastro.

Debo descubrir
la malicie de serpiente de tu rostro:
tu oblicua mirada y tu taimada sonrisa.
En evidencia
ante el inapelable concierto
de los infinitos seres que me pueblan,
iré desgranando tus impíos actos
en el gran auditorio.

No seguirás arropándome
con la manta del tedio
y, día a día, despertarme
con la gracia seductora de la pereza.
Te alimentas
de mis sensaciones de desprecio
a las largas caminatas,
y de mis sentimientos de angustia
ante el haz de rayos que me ciega.

Activas
para socavar los cimientos de mi voluntad.
Realizas comercios viles
con cualesquiera de los demonios que me pueblan.
Engañas a mis ángeles guardianes:
celosos celadores de mis virtudes.
Con ardides maestros
te los llevas hasta tu ignota guarida;
y por arte de misterioso engaño,
me los devuelves trasformados
en lobos traidores y amenazantes.

Te encontraré, monstruo despreciable.
Memoricé el timbre de tu voz;
y ante la certeza
de tu naturaleza tentadora,
apenas emitas una palabra,
te echaré mis redes,
convirtiéndote en recluso
en las mazmorras de mi espíritu.
Te encontraré, antes que la noche
te conceda el lance de escurrirte;
y, venciendo el asco de tocarte,
con la acumulada indignación
de tantos angustiosos años,
¡te desollaré, demonio maldito!



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