sábado, 14 de mayo de 2016

Represa del gran demonio




Yo soy el gran demonio que puede provocar la gran catástrofe.
¡Aguantadme la risa que no consigo contener!
Suponed mi figura rojiza y fulgurante
bajando con las aguas en brutal destrucción.

Aunque se me ha otorgado poder discrecional
por parte de los cojonudos dioses, no abriré las compuertas,
no dejaré a las aguas arrasar los poblados. No es mi maldad.
Yo soy el buen demonio para el hombre gregario,
y debo como tal encauzar los caudales.

No es bueno para nadie que torrentes anárquicos,
cual vómitos de dioses destructivos, empujen los navíos de la muerte,
y asalten, cual piratas execrables, vidas y haciendas de los valles bajos.

No es bueno para nadie que negras turbulencias precipiten
los ánimos de los sobrevivientes; y menos bueno es aún
envenenar las almas de tristes habitantes confundidos,
que siguen adorando al astro sol
por miedo a la vehemencia de los cielos.

Como tantos otros demonios, amo
yo también a los hombres, y deseo cuidar de sus cosechas;
y gozoso, dejar que las muchachas se reconozcan en la carne;
y haré que los ancianos se sirvan de sus cántaros,
para el sacro brebaje de los ritos ancestrales.

Jamás descenderé a los valles, tratando de evitar
el molesto escozor que provoca mi lengua desbocada.

Agradables murmullos del curso heroicamente controlado,
llevarán en las noches, las tranquilas corrientes,
dominadas por mi gran voluntad.

Así pues, hombres de poca fe: ofrendadme vuestras doncellas núbiles,
y tenedme como único demonio. Jamás olvidéis que un enojo mío
abrirá la fisura y las compuertas.

Hombres que vivís en los valles: jamás provoquéis mi desprecio.

Y, por las dudas, ¡adoradme! Ja, ja, ja, ja.  .  .



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