sábado, 17 de septiembre de 2016

Pobre árbol




En plena primavera,
mustias las hojas,
abanican los sueños que se mueven
en suaves espirales en el aire.

El árbol,
mi amado árbol
que siempre me acogió con su canto de arrullos,
va perdiendo sus hojas, una a una,
aun en primavera.

Mi compungido corazón,
hundido ya en el pozo de los días,
sospecha que son únicas las hojas que se caen,
como únicas son las primaveras.

Hojas que nunca paran de caer
como alas de muertas mariposas,
y exigen sollozar al corazón
bajo su sombra raleada.

Cómo duele observar en las mañanas
la copa deslucida,
las ramas míseras al sol,
sucumbir todo el árbol sin esperanza alguna.

No sé qué hacer. Lo cuido,
lo consiento, lo cubro con cada amanecer;
pero el árbol, mi pobre árbol,
no para ni un instante de arrojar sus hojas:
(¡cómo sabe vivir su lenta muerte!).

Lo riego con el agua de mis días,
lo nutro con almíbares
de devoción que sufro;
pero el árbol, en plena primavera,
no para de morir.




No hay comentarios: