domingo, 5 de septiembre de 2010

A ti, mi compañera.

Consiénteme sacarte los zapatos
y expulsar con caricias
la causa de tu agobio, el trajín del empleo.

Deja que frote tus menudos pies
—pulcras palomas—,
mi activa compañera de batir adversidades.

Porque juntas arresto en las mañanas
para vencer el surco y heñir el pan del día,
apóyate en mi hombro,
reposa mientras late
mi corazón enamorado.

Dulces sueños, mujer. . . Cuando despiertes,
escucharé gustoso

la narración de tu rutina.

martes, 24 de agosto de 2010

Candidez en el río

No lejos de la ribera
cantando el agua del río—,
los bañistas se refrescan
alegres y distraídos.

Una muchacha morena
con blusa de blanco hilo,
al mojarse me revela
sus duros senos castizos.



viernes, 20 de agosto de 2010

Cumpleaños



¿Saben una cosa?:
¡hoy es mi cumpleaños!
Cumplo cinco años.
Estoy algo herido:
soñando viví
la feliz velada
que nunca llegó.
Faltaron cornetas,
globos y matracas,
torta y chocolate.

En este momento
—ya pasa la tarde—,
voy hasta la esquina,
al viejo almacén.
Mientras me encamino,
bajo la tristeza
del gran tarumá,
voy zarandeando
el viejo bolsón
como torpe péndulo.

Me mandan comprar
leche, azúcar, pan.



domingo, 27 de junio de 2010

La conferencia


Mañana ofreceré una conferencia
en el almuerzo dominical de familia.
Versará sobre los sucesos simples
de nuestra vida cotidiana.
Les hablaré del tiempo:
de lo ideal que el día amaneció,
sin olvidar la calidez del sol 
en el privilegiado invierno. 
Desgranaré anécdotas
donde cada quien será
su mejor recuerdo.
Haré reír al auditorio
con el recurso de hacer papelones
en la memoria colectiva.
Atraeré la atención
con la elocuencia
del que narra la propia historia.

Sé que no recibiré aplausos
ni felicitaciones
ni apretones de manos o palmadas.

Mi recompensa será
un adiós con pañuelos francos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Domingo de setiembre

A Mirta Elena Tessio

Aurora de setiembre. En armonía
revelada de ave mensajera,
al canto de la enorme pajarera,
va proponiendo su color el día.

Alborada y domingo. Algarabía
desbordante de luz y de quimera,
la luna débil en su luz viajera
derrama en el jardín melancolía.

En conjuro, la brisa cotidiana,
temblando con los trinos y las hojas,
emergiendo de cíclicas congojas,
vence mi incuria, mi indolencia humana.

¡Solo capullos de tus rosas rojas
faltan tras el cristal de mi ventana!



Obs: en el hemisferio sur la primavera se inicia el 21 de setiembre.

viernes, 22 de enero de 2010

El amarillo en la sangre

Caminaba con los ensueños más miserables de la tierra,
cercado por el total amarillo,
enceguecido por fotografías de mujeres desnudas
adheridas con gomas de mascar sobre mi frente,
y la canción: Ya falta poco, como el himno de mi alegría.

Jamás pensé que el alegre amarillo de los trigales
pudiera percutir odiosamente en las paredes.
Jamás se me ocurrió que la brisa del hombre
buscara detenerse a dormitar en los rincones viles,
renunciando a los prados y a las aves.

Nunca había visto un desierto tan óxido en mi vida,
más herrumbroso y solitario que un cementerio de automóvíles,
más cargado de buitres y alimañas que una laguna evaporándose,
ni he visto tanta sed buscando dioses en el limo seco,
ni tanta palidez de duros amarillos bajo el cielo,
ni tanta ausencia de risa espontánea.

Todos mis ideales fueron bloqueados por los muros,
y la imaginación embestía contra el sórdido amarillo,
sangraba en amarillo;
y solo algunas tardes, bajaba sobre los ávidos ojos
el ocre del crepúsculo
trayendo la esperanza de otros colores insondables.

Gracias a que vertí toda mi angustia en la cautela,
a que extraje del mismo cruel vacío la gama del futuro,
y a las dunas por donde deambuló mi espíritu,
pude conocer las alternativas de todos los desiertos
y encontrar otras gamas en este oasis donde hoy vivo.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Sonata para mi padre ausente



En la siesta cogí tu bicicleta
para ser como tú, para sentir el vértigo
—al igual que tú todas las mañanas—
por las calles escarpadas de la ciudad.

Enclaustrado en el duro abismo
de la memoria, en el reposo interminable,
sigues pintando canas en la barba crecida,
negándome tus voces indelebles.

Hace una sequía de siglos que no moja
el agua de tus verdes ojos;
y el silencio fatal, el aura de tu risa,
se convierte en lacerantes chillidos de pájaros,
en quejumbroso eco de canciones últimas.

En mi memoria, en las noches de invierno,
tu cotidianeidad exhuma antimateria.
La vida sin ti se parece
a un vetusto tractor abandonado de aquel aserradero.

El árbol que talabas (cuando los bosques no lloraban
aún el exterminio y eran derroche de los siglos)
está aquí, hecho leñas de la eternidad,
murmullos en el bosque de las nubes infinitas.
Su raíz sigue creciendo aferrada a las baldosas,
haciéndose kilómetros detrás de mi añoranza,
creciendo como el lapso de tu ausencia.

Retorna en esta noche y siéntate a jugar
conmigo a la baraja, quiero oír tus anécdotas de joven,
cuando aprendías a besar los senos de las vírgenes,
cuando la vida no te dio
aún tu merecido.

Estoy aquí resucitándote,
y tú no reconoces el milagro,
sólo quieres tu fría eternidad,
sólo quieres al huérfano con sus palabras tristes,
y me has olvidado.

martes, 10 de noviembre de 2009

El silencio del grillo

Agotada el alma
se dio por perdida.
Callada en la hierba
se quedó dormida.

¡Qué inútil intento!
¡Qué triste afonía!
No dejó siquiera
una melodía.

Sin notas su canto
se quedó rendido.
Me llenó de angustia
su entonar herido.

El grillo, cansado,
se calló en la noche.
Fue una ofrenda triste
para mi reproche.