martes, 2 de agosto de 2016

Los dueños del cielo




Casi nunca caen los pájaros
como caen los rígidos aviones,
como caen los asteroides,
como cae la música del agua,
como caen los sueños del poeta.
Tampoco son como las hojas o las frutas
ante una ráfaga de viento.
Son testigos el sol y la estadística.

A veces, como  algunas semillas aladas,
se dejan caer, se dejan llevar
sobre alfombras del aire,
ya sea por razón reproductiva,
ya sea por la fuerza del azar,
ya sea huyendo de un depredador.
  
Pero no caen hasta el suelo
a no ser que una herida los traicione,
que la traición del hombre los derrote.
Los pájaros no mueren en el barro,
mueren en los alambres, en las ramas,
en las cornisas de viejos palacios,
siempre en la altura.

Del aire son los pájaros, del viento,
del aire conquistado por milenios,
de los acantilados, de las islas secretas.
Ellos son amos de la gravedad.

Ellos vuelan
ignorando sus aleteos,
abiertas las alas al vasto mundo,
al horizonte sin fronteras,
despreocupados del esfuerzo
de la locomoción.

Los genes se encargaron
de las perpetuas mutaciones en el tiempo,
y hoy las alas han olvidado
la lucha de los músculos
para vencer la condición rastrera
cuando el cielo existía como reino de nadie.



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