martes, 22 de marzo de 2016

La búsqueda de algo que se me perdió en la casa




Ahora son las cuatro y veinticinco
de la mañana,
y una vez que amanezca
tengo la idea de salir al patio
y no sólo vagar
por las estancias de la noche.

Quiero reconocer mi casa.
Tengo que hallar ese algo
que me enlazaba al entusiasmo,
aquél símbolo, imagen, paradigma,
que  desconecte de una vez por todas mi discordia.

Podría ser la sombra de la enorme palmera
que planté cuando arreciaban los besos
(podrían ser las flores
de aquellos enraizados besos).
Podría despertarse en mí las ganas
de recuperar el jardín,
el pasto que hace mucho sufre,
y encontrar entre las malezas lo que busco.
O podría sentarme bajo la parralera
a esperar con cierta esperanza
el cíclico retorno de los pájaros
regurgitando lo que busco.

Es como si dioses antiguos
reclamaran esa cosa perdida
y no encontrase yo
manera de satisfacerlos.
Es como si en la casa 
hubieran robado ese algo
y yo, dudoso, me sintiese
el sospechoso principal.



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