martes, 21 de junio de 2016

Soledad de la sangre





Estoy solo, tremendamente solo, temerario y hambriento de coraje,
batiendo rumbos de orilla en orilla a lo largo del río,
por los senderos de la caza, demonios y depredadores,
sin caballos, sin féretros, sin naves, sin armas, sin cadenas. . . ,
donde murmura el cielo a mil kilómetros del mar,
a doce mil kilómetros del mundo, contra mi piel de luna derretida,
mi voz de culantrillos, mi verbo acústico y sonoro,
debajo de mis uñas, sobre los tallos duros de mis dedos,
en esta tarde antigua que sorbe sangre india en la cañada.

Solo con mis ojos de insecto, con el agua y la abeja,
reconozco mi voz de sonidos monteses, de penumbra en el fondo de la tarde,
como un jazmín sobre la frente oscura, en el cabello oscuro,
como un lirio que besa la laguna, y una espera infinita donde nadie me llama,
donde el grito es memoria y es sombra de los siglos,
el aire carga agónico sus pájaros migrantes y el árbol llora sobre el agua
sus cruces deshojadas, la silenciosa resonancia de las piedras.

Solo y sin prisa, sin glorias de batallas, sin calendario,
con la profunda voz de la sangre que llama y llama y llama,
que me busca en la selva, y ya no estoy presente y soy olvido,
y pereza y lujuria y los soberbios vicios de la tribu,
porque me hallo antiguamente muerto, mi corazón deshabitado
en el poso del día, en la quietud sacramental de las orquídeas.



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