lunes, 7 de diciembre de 2015

El último poema




Eres pájaro que jamás supo emprender el vuelo
(sólo tristes corridas, duras elevaciones casi a ras del suelo).
Nunca has surcado el aire como vuelan las águilas,
y tu alma está desalentada, y agoniza detrás de tus quimeras.

Ya no luce la luna en tus bosquejos, ni vuelan mariposas  en tu pluma.
Tus manos se han entumecido en los inviernos de la estrella.
Detrás de las paredes hay demonios que esperan la irrupción del silencio.
Por eso tú pervives en la catástrofe del mudo, en el tiempo obligado
a seguir la sequía de los árboles, la oscuridad de los relámpagos,
aquella eternidad del condenado, libre de máscaras y sueños.

Pero tienes la edad de los valientes, de los que han sepultado
su inocencia, recomponiendo penas que ya no influyen para nada
en tu memoria llena de pretéritos.
Te extraerás las vendas para observar tus arqueadas piernas
que bajarán por la escalera de la noche, del otro lado de la noche.
Estás perdido en los amables gestos de la ruina.

Te duele recordar el tiempo del delirio,
cada amanecer de batalla victoriosa.
Hoy tus voces se mueren en la boca de tu alma
porque el éxtasis daña tu viejo corazón.
Sólo te gusta rememorar la tristeza, los días desolados,
y aceptar la agonía secular de los poetas.

Ves partir al infinito, más allá de las nubes,
una bandada de pájaros, a punto de morirte.
Van sobrellevando la vida, ignorando que es tarde,
oscuramente tarde. Con el tiempo justo para la despedida:
“¡Adiós, condenados amigos! ¡Adiós el canto de mi terca vida!”



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