miércoles, 25 de noviembre de 2015

Oda a Pablo Neruda




I

Cantando para ti con versos de tu canto,
pues mi espíritu moja tu interminable mar,
descifro los misterios de tus piedras indígenas,
mientras aspiro el aire fresco cordillerano.
(Ah, cuánta fantasía, poeta del derroche,
poeta de la eterna canción desesperada).
     Te veo ciudadano con un terno de sport
paseando callejas de barrios marginales,
saludando vecinos de pobres vecindarios,
buscando pescadores en negocios de pesca,
aprendiendo tonadas de alegres lavanderas
y abriendo puertas rústicas a lo largo del mar.

Navegas, marinero, recogiendo la brisa
las aguas de corales, la imagen de la luna,
parado en la cubierta (¡oh, mi gran capitán!),
de una a otra ribera reinando en tu navío,
desde el reseco norte hasta el húmedo sur,
cortejando sirenas de coros traicioneros
en salobres bahías y arrecifes perdidos,
cantando la rutina de los patos silvestres,
llorando los naufragios de grandes navegantes,
surcando hasta tus islas saturado de amor.

Vives en las robustas espigas de los trigos,
en la harina, en el pan y en los que asan el pan.




II

Recordando tus sendas,
aspiro aromas de tupidos bosques,
de tierra humedecida
que rompe las más duras e indóciles semillas.
Desde este tropical refugio americano,
desde esta roja tierra de lluvias torrenciales,
desde estas anchas noches de estrellas afiebradas
donde emigran las locas luciérnagas al cielo,
desde estas quedas siestas calurosas de estíos
donde abundan los cantos de ruidosas cigarras,
desde tenues auroras con cánticos de rosas,
desde esta nación hospitalaria.

Te ofrezco, cual bocetos de tus odas,
enteros corazones de lapachos,
tallados con machetes, con hachas de labriego.
Te ofrezco nuestros frutos
jugosos de la última cosecha.
Te ofrezco una sandía.

Es mi anhelo que vengas, cuando puedas huir
del azul territorio de la melancolía.
Dispondremos tu cama en el gran corredor
o bajo frescas hojas de tupida enramada,
y en nocturnos coloquios
dormirás con los cantos de grillos y de ranas.

Olvida tus tiranos y ven, Pablo Neruda,
poeta y compañero,
aquí también existen ciudadanos descalzos;
aquí también, penuria en abundancia.



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