viernes, 13 de noviembre de 2015

La caza



En la intrincada selva de tu espíritu,
detrás de las marañas, agazapado y listo,
la acechas todo el tiempo.

Es ella como el mundo, oculta en su misterio,
cargada de sapiencia y melodías,
enigma de los siglos, garra desenterrando lluvias,
y diosa seductora del espíritu.

Pasas horas, inmóvil, escuchando en el aire,
con tus músculos tensos y tus nervios templados.
Inexplicables fuerzas milenarias te impulsan.
Mágicas voluntades encauzan tus deseos.

Y es la luna ancestral y es la luna de ahora,
la misma que prosigue su única tarea de atizar
el frío corazón de los poetas.

A veces sólo es el rocío del tiempo
sobre la fronda del espíritu,
y no alcanza a regar las raíces del reposo.

Tus diestros movimientos se embellecen
ante la víctima inocente,
ante su cuello tentador de cisne,
y acomodas danzando tus garras afiladas.

Ella en el prado corretea,
jugando con la hierba su existencia.
¡Cómo embriaga su olor de eternidad!
Mil veces la has herido, y otras tantas la has visto
perderse por los prados del olvido.

Entonces, la acorralas con paciencia
y te arrojas preciso sobre sus tersos lomos.
La atrapas con destreza (ya no la soltarás),
y con fría crueldad la estrujas.

Ella deja escapar su grito de agonía,
de amante silenciosa,
cayéndose en tus ansias, hechizada
por las pupilas de la muerte.

Masticas con fruición la carne deliciosa
con tus potentes y afilados dientes,
y saciado de éxtasis te tiendes en el tiempo
en una digestión solazada y ociosa.

Eres con ella así:
agresivo, bestial, implacable y feroz,
el tigre hambriento y solapado
ante la plácida gacela.



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