lunes, 26 de octubre de 2015

Claudio


 
                     
                                   Emperador del Imperio romano desde el 24 de enero 
                                              del año 41, hasta el 13 de octubre del año 54.

Aquí estoy, con mi grito poderoso,
en el año catorce de mi reino,
ensalzado por muchos, infamado por pocos
(los que urdirán mi muerte).

Ciertamente, el terror continuo
me habita como la imagen
de una horda extranjera y asesina.
¿He sido un mal emperador?

Con los ojos censores de mis antepasados,
abrumadoramente subo, con mi bárbaro miedo,
sobre mis castigados hombros
secuelas de una Roma licenciosa.

¿Dónde se encuentra Mesalina
fraguando sus excesos?
Oigo incesante sus conspiraciones,
su dádiva carnal a los traidores.

Los patricios otean las amplias galerías,
los oscuros jardines del palacio;
huyen de mis certeras órdenes
e insobornable mal carácter.

¡Prefieren el placer con los eunucos!

Los libertinos jóvenes, ¿qué fueron?,
se esconden tras las dóricas columnas,
mientras las vírgenes abandonan sus cítaras,
y acometen ansiosas tras la cópula.

Los guardias son estatuas inmoladas
a quienes no se siente respirar.
¡Ay de mí!, si la paga no perciben a tiempo:
sus dagas se hundirán en mi esperanza.

Sufro los mil achaques de la senectud.
El veneno en mi sangre cumple la profecía,
mientras los comediantes se deleitan
en las irreverentes danzas.

¡Angustia del poder! Con suerte, llevarán
los dioses en sus brazos mi alma,
y olvidaré a los hombres,
la ingratitud de sus innobles actos.

En mi lecho de enfermo, luego de tanta gloria,
soy el venado de la cacería,
aspiro el aire amargo de la conspiración,
sorbo el veneno de Agripina.

¡Guardias, venid! Que el más avaricioso
de los traidores del imperio apure mi partida,
apresure la infamia, y apremie la memoria
eterna, ¡Claudio!, de mi nombre.



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