jueves, 19 de enero de 2017

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La calle de mi niño

El niño
se desplaza por una calle rutinaria.
El ladrido de perros tras las verjas,
por suerte, no interrumpen
la placidez de su paseo.

Camina como si nunca
fuese a conocer las calles oscuras,
las calles implacables
infestadas de prostitutas y borrachos,
las calles mías.

La risa pelirroja también se encuentra ahí,
a media cuadra de la bocacalle,
sobre la misma calle,
para insistir
en la coloración de los sucesos.

No intuye el niño que la calle
dejará de ser suya para ser sólo mía;
no sabe que las cosas
fijas en sus lugares: el asfalto,
los cables atestados, las verjas
y los perros ladrando exactamente igual,
las iría grabando 
irrevocablemente
en mi memoria, 
paseo tras paseo.


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