jueves, 3 de marzo de 2016

Intimidades




Nadie me observa,
estoy en absoluta intimidad,
en el privilegiado silencio de los insensatos,
y puedo recrearme en todas las fantasías vedadas,
arrancarme las alas en los abismos de mi soledad,
sin aprensión alguna a la indecencia.

Ni el mismo Freud hubiese conseguido
desentrañar la maraña de antojos
que voy atravesando en la caída.
Una joven muy bella, de algún siglo pasado,
con cuerpo escultural,
es besada por mis ásperos labios de carnero;
y al segundo, un toro negro de lidia (con mi rostro),
echando vapor y lascivia,
la viola con su infame codicia, y la destroza
con furiosas cornadas
para no traicionar su vil naturaleza.

La sangre brota, tibia, espesa,
como pintura para un cuadro.
De súbito, la dama ya no existe:
un sonido imperceptible de llaves
me cambia el filme.

Que quede esto entre nosotros:
ella ha encendido el televisor.


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