domingo, 29 de enero de 2017

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Chofer de un autobús destartalado

Él nunca le pondrá cadencia
a su marcha en el ruido de la calle.
Día a día practica la liturgia
del caos, de los tumbos, de la exacerbación,
dentro de su pequeña libertad.

Advierte con temor, en cada tramo,
la lucha por ganar el equilibrio
en la convulsa cuerda.
Fatal sería una caída, arrastrando tras si
al precipicio tanta gente protegida
por su experimentado arte.
Debe ganar, segundo por segundo,
mecánica destreza,
a cambio de vencer un cierto ritmo.

Sueña cómo resiste un engranaje:
corroerse lo más lentamente posible,
como una danza del agotamiento.
Lo sostiene el orgullo de saberse
señor de los resortes.

Doce horas por día, agujas de un reloj,
la radio todo el tiempo, y mil presentimientos
salvándolo de una muerte segura.
El desvencijo nunca fue motivo
de angustia, de ansiedad por renovar el bus.

Casi siempre, aplazar los cumpleaños,
limitarse a vivir la navidad
de las luces, de los petardos,
pensando en las cenizas de esa noche
como una forma de trivializar.

¿Hijos, esposa, amantes? Bien y gracias.
Para tal caso, para recordarlos,
fueron creadas las fotografías
que penden del retrovisor
en camafeos de carey.


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