martes, 6 de noviembre de 2018

Razonando sobre el instinto

Para encontrar mi voz en el callado instinto
debo ubicarme al borde del barranco,
usar potentes microscopios de la imaginación,
destruir las compuertas del desorden mental,
de las palabras que hacen enmudecer los labios
ejerciendo el imperio sobre el ansioso brío.

No dejar que la muerte ni la vejez ni el llanto
ni el recuerdo nostálgico de un deslumbrante amor
formen parte primera de la génesis.
No rebuscarme nunca en el cajón donde se guardan
los rudimentos de la disciplina.
Nunca envalentonarme como un héroe bélico.
Nunca rechazar a mi niño que desea jugar conmigo.

Para encontrar el camino de la cascada
mis pasos deben ser idealizados y danzantes,
como en un éxodo hacia el aire húmedo de la belleza,
hacia el agua que caerá sobre mi piel desnuda
y enfocará la brisa hacia el torso mojado,
alejado lo más que se pueda de la melancolía,
del bastardo terror ante la realidad.
Y seguir las huellas de los sedientos.

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