viernes, 16 de noviembre de 2018

Invierno en el jardín de rosas

Con qué abandono morirán las rosas
en la gélida tarde (combatientes
rendidas), sobre húmedas baldosas,
destronados sus pétalos silentes.


Amarillos, azules, rojos, blancos,
compondrán un tapiz en las veredas
para el sueño inmortal en los barrancos
de la muerte (canción de notas quedas).

Y zurcirán la triste despedida
los colores errantes una vida
privada de jardín y plenitud.

¿Escuchas el agónico goteo
del pálido capullo, el aleteo
al ritmo hambriento de la infinitud?

viernes, 9 de noviembre de 2018

La casa de la infancia

Todos se han ido.
El patio está enmalezado,
la casa está desatendida,
con telarañas, con hormigueros.
No hay nada que se pueda hacer.

A través de las puertas entreabiertas,
de las ventanas desclavadas
y de las tejas rotas,
la brisa de la eternidad
se ha llevado las risas últimas.
Y sigue llevándose todo.

Muy pocas voces quedan ya.
No hay allí posibilidad de charla,
de contar las anécdotas del día 
con sus chanzas.
No hay nada que se pueda hacer.
Nada que se pueda hacer al respecto.

¿Por qué entonces deambulan sin sentido
por sus rincones, enramadas, corredores,
si todos han partido,
si todo está sin gato, sin luz, sin mandarina,
y no hay ya nada que se pueda hacer ahí?

martes, 6 de noviembre de 2018

Razonando sobre el instinto

Para encontrar mi voz en el callado instinto
debo ubicarme al borde del barranco,
usar potentes microscopios de la imaginación,
destruir las compuertas del desorden mental,
de las palabras que hacen enmudecer los labios
ejerciendo el imperio sobre el ansioso brío.

No dejar que la muerte ni la vejez ni el llanto
ni el recuerdo nostálgico de un deslumbrante amor
formen parte primera de la génesis.
No rebuscarme nunca en el cajón donde se guardan
los rudimentos de la disciplina.
Nunca envalentonarme como un héroe bélico.
Nunca rechazar a mi niño que desea jugar conmigo.

Para encontrar el camino de la cascada
mis pasos deben ser idealizados y danzantes,
como en un éxodo hacia el aire húmedo de la belleza,
hacia el agua que caerá sobre mi piel desnuda
y enfocará la brisa hacia el torso mojado,
alejado lo más que se pueda de la melancolía,
del bastardo terror ante la realidad.
Y seguir las huellas de los sedientos.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Tarde latente

Este cuadro apacible, ante mis ojos
sumidos, graba con la luz postrera
diabluras en la fronda pajarera
y los vuelos de elípticos antojos.

Tarde celeste que en el frío empeño
del otoño me inunda de emociones,
y surte de matices los rincones
donde pasea en soledad el sueño.

Frágil paisaje agónico y oscuro
cayendo ya en el túnel del pasado
en estas rimas de afanoso escrito.

Quizás algún lector en el futuro
recobre, de este edén abandonado,
su efímero fulgor del infinito.

Secuela de una crisis en el ritmo del corazón


Una crisis en el ritmo del corazón
vuelve al otoño, áspero; al sol, verdugo;
a la granada de la gloria, una estampida
bajo la noche gélida.

En territorios arteriales 
el río se deshace caudaloso,
y en su sangre se ahogan los días y las noches,
y advierte la pasión el tiempo 
como hormigas de luces,
nocturnas cuchilladas en los ojos,
una frivolidad en el destello,
en la sombra del pálpito,
una media luz recostada en la nostalgia,
un río con su cauce sin canción,
un árbol que rechaza ya su bosque,
una semilla que se abre a destiempo
y nunca recupera su húmedo destino.

Una crisis en el ritmo del corazón
convierte el horizonte en espejismo,
y cada paso nuestro sobre el día
recula de su espanto
como corriendo de su muerte para atrás.