Libro de poemas, de Venezia Lesseps, Felipe Fuentes García, Tania Alegría y Óscar Distéfano

Libro de poemas, de Venezia Lesseps, Felipe Fuentes García, Tania Alegría y Óscar Distéfano
En la ebriedad del bosque

viernes 16 de abril de 2010

El amor no ha muerto

1
Amanecí despierto
con la mirada en la tristeza y el fragor
del combate terrible con las horas.

Cansado de la lucha insomne,
depuse el odio por su ausencia,
me saturé de duendes,
los ensueños saltaban y chillaban,
venían pájaros a poblar mi memoria
donde ella temblaba como una novia tímida.

En mis brazos, sus ojos
vertían la quietud de los recuerdos,
la libertad que todo lo abarcaba:
las plumas de su risa,
sus cabellos girando al ritmo de mi evocación.

Hasta que el día me retuvo
con sus rayos de aliento.

Pero ella no está.

2
Cielo, tierra, demonios, dioses:
no recojan mis quejas, son lluvias del dolor,
de las felicidades compartidas.

¡Cielo, tierra, demonios, dioses:
no más mentiras, ella sigue amándome!
El pan de la mañana
busca su mano.
¿Qué importa que la noche haya muerto
sin ella,
haya nacido el día
sin ella?
Sé que su mano busca el pan de la mañana.

Lo perdido no quedará perdido.
No moriré en la soledad,
porque su pena es tan cobarde como la mía,
porque se escucha el eco de íntimos galopes,
porque la puerta está de par en par abierta,
porque cuando me olvida
no sabe lo que dice.

jueves 11 de marzo de 2010

El último canto



Persigo confundirme con los anélidos del cielo,
retorcerme en el lodo de las nubes, en la voraz espera,
beber la lluvia de los dioses
que hace siglos no cae
sobre nosotros,
deglutir una estrella oscura que gira en vano,
el excremento de un avión de caza
con la lista de todos sus cadáveres,
perforar el ozono con mi hambre maldita,
asumirme asesino de mí mismo,
volarme el alma inútil.

No más ofrenda a los misterios, no más suplicio;
tan sólo apologías del fracaso,
la vanagloria de los dioses
y la infidelidad a los jazmines.
Nunca más la apetencia de dicha del baboso.
Aplaudiré la ruina de mi templo romántico.

Será mi canto
la melodía ronca que arranque
afrodisíacos en el surco, blasfemias en el sueño,
escupitajos a la inspiración rastrera,
ritmo acentual de la metáfora.

No tengo nada que perder,
ya libre de tabúes
seré gusano de los cielos.

domingo 7 de marzo de 2010

¿Para qué quieres tú la eternidad?



I
En territorio de los sueños,
las ofrendas de tu rutina
se arropan en las nubes de la calma.
Todo es cálido y perfecto en ese mundo,
río sin mar y brisa en dulce remolino
dentro de tu memoria libre.

Surcan tus aves los cielos más profundos
con sus alas en bucles,
hojas de ingravidez en el aire infinito,
celeste lluvia de recuerdos
purgando las ruindades cotidianas.

Vives tu eternidad.

II
¿Y si el agua dejase de verterse en tu piel,
si la brisa cesara su murmullo,
si las horas no te pertenecieran,
las estaciones,
la muerte en el umbral del tiempo
apremiándote en tu alegría de vivir?

¡No! Despierta, despierta
a los plenos matices de la rosa
entregada al jardín del día,
hasta el renacimiento del crepúsculo,
donde tu corazón se hiera al rojo vivo;
y en sangre apasionada,
la vida se distancie de nosotros,
amargamente,
como un buque llorado desde el puerto.

No sólo en ti la noche se derrama,
también mis ojos sufren su negrura inmortal.

sábado 6 de marzo de 2010

Mientras duermes


Te has dormido, justo
cuando la noche empieza a llenarse de tactos,
el cielo está en su día libre, y llueves
a cántaros desnuda en mi memoria
sobre mi cuerpo suspendido en la vigilia.

Es una lástima perder así
una emoción que pudo quedarse en el recuerdo,
y estoy insomne
y solo
y amanece.

jueves 4 de febrero de 2010

Que no llegue la muerte todavía



La sombra de la muerte te acaricia, le niegas tu mirada.
Esta noche, te acecha con hambre de infinito
por tus ensueños malgastados en el mundo,
con el mensaje dulce de su canción perversa.

Tiene los ojos duros y despiertos, y su vagido arrumba
en la inquietud de tus azules mares. Taja tus huecos
de par en par a todas tus alondras.

La muerte es una madre arrepentida: —ven, hijo, ya me tienes,
acúnate en mi seno—, con manos de cadenas y su voz
de venenosa mermelada, una madre de risa negra.

Se erige en un rincón de tu habitáculo,
te revela el crepúsculo del hombre,
la oscuridad que poco a poco se atribuye,
y en su abismo recoge las mágicas enjundias de tus días.

Ya no hay muebles en la casa, ya no hay gatos,
y en la contigua habitación deambulan tus recuerdos,
y sólo en el jardín la luna sigue alando a las luciérnagas.

Extenuado en tu cama, te somete,
y una niebla inmortal recubre tu silencio,
y quién diría que en tu alma reside ya una noche inmensa,
una noche vacía, sin astros y colmada de infinito;
quién vería en tus ojos la llama de las lluvias,
los bosques, los jardines, como hoguera voraz.

Ay, vida,
tiembla un poco más, muévete, desátame
en la noche doliente, en las rosas del día,
en los pájaros de mi panorama.

No me abandones, mi alma gime cotidianeidad,
mi sangre grita por regarte,
por el verde de las futuras primaveras,
mi sangre grita como un río,
mi sangre curso
que anhela recorrer tus prados todavía.

Soledad, noche, hastío: detengan hasta el alba
la muerte; que no triunfe todavía, que irrumpa por mi sangre,
que penetre mi angustia, pero haced que aguarde un poco más
en mis ojos cerrados intensamente abiertos.

viernes 22 de enero de 2010

El amarillo en la sangre


Yo caminaba con los sueños más miserables de la tierra,
cercado por el total amarillo,
enceguecido por fotografías de mujeres desnudas
pegadas con gomas de mascar sobre mi frente,
y la canción: Ya falta poco, como el himno de mi alegría.

Jamás pensé que el amarillo de los trigales
pudiera percutir tan odioso en las paredes.
Jamás se me ocurrió que el viento del mundo
querría detenerse a dormitar en los rincones indignos,
renunciando a las praderas y a los pájaros.

Yo nunca había visto un desierto tan óxido en mi vida,
más herrumbroso y solitario que un cementerio de automóvíles,
más lleno de buitres y alimañas que el Sahara,
ni he visto tanta sed buscando dioses en el limo,
ni tanta tonalidad de amarillos bajo el cielo,
ni tanta perplejidad nocturna,
ni tanta ausencia de risa espontánea.

Todos mis ideales fueron bloqueados por los muros,
y la imaginación embestía contra el sórdido amarillo,
sangraba en amarillo;
y sólo algunas tardes, bajaba sobre los ojos ávidos
el ocre del crepúsculo,
trayendo la certeza de otros colores insondables.

Sólo gracias a que vertí toda mi angustia en la cautela,
gracias a que extraje del mismo vacío la gama del futuro,
gracias a la arena donde deambuló el espíritu,
pude conocer las alternativas de todos los desiertos
y encontrar las constelaciones de este oasis donde hoy vivo.

jueves 24 de diciembre de 2009

Sonata para mi padre ausente


En la siesta cogí tu bicicleta
para ser como tú.

Enclaustrado en el duro abismo
de la memoria,
sigues pintando canas en la barba crecida,
negándome tus voces indelebles.

Hace catorce siglos que no moja
el agua de tus verdes ojos,
y el silencio fatal
se convierte en lacerantes chillidos de pájaros,
en quejumbroso eco de canciones últimas.

En mi memoria,
tu cotidianeidad exhuma antimateria,
la vida sin ti es
un vetusto tractor abandonado en aquel aserradero.

El árbol que talabas
está aquí, hecho leñas de la eternidad,
murmullos en el bosque de las nubes infinitas.
Su raíz sigue creciendo aferrada a las baldosas,
haciéndose kilómetros detrás de mi añoranza,
creciendo como el lapso de tu ausencia.

Retorna en esta noche y siéntate a jugar
conmigo a la baraja, quiero oír tus anécdotas de joven,
cuando aprendías a besar los senos de las vírgenes,
cuando la vida no te dio
aún tu merecido.

Estoy aquí resucitándote, y tú no reconoces el milagro,
sólo quieres al huérfano con sus palabras tristes,
y me has olvidado.