jueves 30 de julio de 2009

El músico

Oigo los tímidos acordes,
en áspera armonía combinados,
ascender y bajar en compases hirientes.

Noto los dedos duros, malheridos
sobre el teclado indócil,
vertiendo progresiones imprecisas.

Tenaz, el alma,
lanzándose, frenética en su fe,
desde la cima con el mismo tono,

surca al final —bemoles, diesis, tónicas—,
la consonancia del heroico vuelo
en el olvido azul del gris aprendizaje.

viernes 17 de abril de 2009

Solaz de amantes

Ella duerme desnuda
bajo las sábanas rugosas,
él observa la noche,
los gritos en el cósmico silencio.

Ella yace en las sombras
del abismo dichoso,
él se aúna en el lecho
sugerente a la piel callada,
a la pasión,
al furioso deseo sosegado.

viernes 10 de octubre de 2008

Condición de hombre

¿Quién negará mi condición de hombre?

¿Tú,
él,
vosotros,
ellos?

Con mi figura humana,
hablo,
río,
seduzco,
carraspeo,
compongo algún poema

y en el crepúsculo
me asalta, a veces, la melancolía.

Grito, además,
contra las sinrazones,
del justo que apetece coronarse de espinas.

Rujo,
protesto siempre contra Óscar mismo,
cuando reclama
mi condición de hombre.

domingo 28 de septiembre de 2008

Agonía del rosal


No existe premura en la agonía
del rosal que ofrece,
asfixiado, débil,
en el gris otoño sus mustios colores.

Hace interminable su martirio
de morir a solas,
tapera de pájaros e insectos,
bajo las granates dagas del crepúsculo.

Ninguna deidad se descubre
resuelta a extinguir la indigna hermosura,
un soplo celeste que arrebate
los ocres colgajos.

Sólo la silente infinitud
—eterna clepsidra—,
abre a cada gota de vencido pétalo
sus labios terrosos.

domingo 14 de septiembre de 2008

La tarea de cada día



Me esmero en ser un hombre renacido,
aspirando la sal amanecida
de las voces tozudas de la vida
para brindarle al alma su latido.

Mas el fuerte caudal me arroja herido
en desconsuelo mudo, pues soy ida
de una barca flotando corroída
hacia el mar infalible del olvido.

Cada noche, hiriéndome el espejo,
redescubro en mi rostro el cruel esquema
de un rictus fragmentado en mil razones;

y reinicio en el puzzle del reflejo,
tras arduas horas de labor extrema,
el rearme tenaz de mis facciones.

martes 9 de septiembre de 2008

Los pájaros-besos

Por la calle de tierra
sus ojos —fuegos pardos—,
su timidez enorme,
venían sobre el polvo levitando.
El rubor la escaldaba
entre suspiros castos.
Al pasar ante mí, sonriente,
miles de besos-pájaros
volaban de su boca.
Yo pretendí atraparlos
en una bocacalle.
Como húmedos peces me esquivaron
y a todos los perdí.
Escapó, rumbo al campo,
al mar de la espesura,
al viento la pollera, ambas manos
prendiéndose del bies,
lanzándome en el rostro, a cada tanto,
la risa a carcajadas,
mientras sus rotos labios
cedían a la fuga
de los últimos besos-pájaros.

lunes 11 de agosto de 2008

Oscureciendo

Buscarán mis raíces en la tarde
el fósforo, el potasio con que nutran
las deslucidas horas
grávidas de tu ausencia.

He vivido memorias y cielos de tus ojos,
donde los pájaros dormitan
en las ramas desnudas de tu cuerpo,
con pólenes fragantes de ociosas primaveras.

—¡Ay, lagos de felices lágrimas,
nocturnales espejos de la dicha!

Mucho amor hemos escondido
bajo las piedras,
exacerbando bullas de las ranas,
bailes de las hormigas en la aurora,
para que el bajo mundo
—no sólo el cielo— recogiera
los guiños cómplices del sol en tu almohada.

En la tarde de todos los recuerdos,
pintándome la luna de ceniza.

El paseo

Cuando la invité a dar nuestro paseo,
como una ciega atenazó mi brazo,
y hasta cerró los ojos.

Sonreía en la luz del límpido crepúsculo;
y en el cálido manto de la brisa
iba diseminando
sinónimos de gratos adjetivos.
Componía sus versos
con la dicha que la envolvía.
Yo, feliz, la dejaba hablar,
mientras al sol la luna iba cubriendo,
y a mi fiel corazón
refrescaba su risa.

La tarde apagaba sus latidos.

Entonces, ay, de su volar eterno,
un pájaro de negras alas descendió
para cantar atroz: “la vida
no siempre te dará la dicha de tenerla”;
y como infame predador de los momentos,
fue nutriéndose de la felicidad
que, paso a paso, emanábamos.

Lluvia en la memoria

En la pródiga lluvia,
liberadas al júbilo las flores,
recupero la edad de los aljibes.

El alma, con creciente regocijo, se repuebla de aves,
frondoso árbol presto a disfrutar
la enjundia de los dioses del anegado mundo,
y remoja su glauca cabellera
en el chorro brindándose del cielo.

La húmeda algazara
invade los rincones del jardín,
y mis ojos, dormidos en la música,
lejanas primaveras viven con pies descalzos.

En el fragor de la llorosa tarde, resurgen tenues
las voces —zumbos infantiles—
engendradas en esta lluvia antigua.

¿Cómo sabe llover
durante tanto tiempo la memoria?