martes, 30 de octubre de 2018

Frente a la noche

Frente a la noche dilatada
tu cuerpo permanece inquieto,
frenado al éxtasis de nuestra búsqueda
(el corazón no lo soportaría).

Sólo te es dado beber la oscuridad,
airearte en la sombra
y preguntar:
¿dónde se encuentra la metáfora?
¿En que palpitación del mundo tendrás que desangrarte
para dejar tu cuerpo preservado
en la misión cumplida?

Ciego en la sombra,
el oído registra el son impertinente
de la pequeña laguna del día:
voces de jaleos ante la incómoda
lucha en sus aguas atestadas.

De nuevo te preguntas:
¿si se encendiera el cielo
antes del alba?, ¿si yo mismo lo encendiera?

¡Vamos corazón, espíritu, tripas: levantaos!
Trocad modorra por vértigo de altura.
Estiremos las barbas a los dioses.
No confundamos esta triste noche con la muerte.

domingo, 28 de octubre de 2018

La pérdida

Definitivamente, vago 
muy lejos de las calles
que puedas transitar en tu existencia,
quizá reconocido en tu recuerdo
como un rostro que capta el miope
o como un beso exiguo de sabor.

Quizá me inventas todavía,
como homenaje compasivo
a mi otrora pasión intensa:
ansioso en las esquinas de los bares,
en el cuarto de hotel hoy ya sin nombre,
sobre una sábana
que sufre su color en mi memoria.

Me duele ese recuerdo que agoniza
más que el amor perdido.

sábado, 27 de octubre de 2018

Conversando con el silencio

Silencio, franqueado por millones de voces, zumbado por miles de aves,
por los interminables ruidos de las calles. Continente de mi zozobra.

Ahora eres el mutismo de mi bilis, la afonía de mis radicales libres,
y yo solo en la evocación hasta el espanto, sin pensamiento amigo,  
sin un alma alrededor mío, sin una hoja fantaseando en el aire una danza.

Silencio alrededor. Desde las fauces del vacío caen las flores del jardín.
Salgo al patio y espero a que venga la aurora, destrozando la bruma,
amordazando tras las copas de los árboles, desplegando el cielo de mi herida.
Con sólo el gran callando alrededor.

Corre más lenta, que te pueden oír, luna, símbolo de mudos amantes,
repite nuestra cita, acércame a sus ojos, susúrrale en la concha de su oreja
las perlas que le callo: «inicié esta cruzada por nosotros,
solo espero tu aprobación. ¿Quieres acompañarme en la lucha insurrecta?
Nosotros marcaremos el silbido y la actitud. Nada debe quedar así, 
ocultando este lugar de podredumbre y desacuerdo».

Él se encuentra impaciente, arrojará al viento de su enrejado contorno
tus espejos, tus polvos, tus perfumes. En silencio, mi amor.
No quiere ser esclavo de tu ausencia. Él sabe que te sienta
mucho mejor la risa pródiga, nuestras nobles atmósferas de charlas.
¡No temas a sus largas horas! Yo seré el anarquista de todos tus pudores,
construiré barricadas en sus calles. Atisbaré sus huellas.
Los ardores vendrán encolumnados en nuestra ayuda, nuestra defensa.
¡No tiemblo ante su látigo de tiempo! Ya me puse de acuerdo con la noche.
Vadearé sus sombras. Desobedeceré a mi hambriento tigre de asalto,
movido por mi amor rebelde.

Me levantaré abriendo las entradas a la casa, los portones de las murallas.
Ven conmigo amor, por nosotros. Acá, en casa, haces mucha falta.
Hoy será luna llena. Te acogeré como el primer amante que fui,
con el niño de mi emoción. ¡Ven, ven a nuestra casa, amor! En silencio.

viernes, 26 de octubre de 2018

Diurnidad

El día amaneció sin rostro,
no consigue mirarse en el espejo,
si ha de elegir la forma de su muerte
querría perecer sin adjetivos.

El día amaneció con huesos rotos,
no puede andar,
cojamente se aparta hacia la sombra de los árboles,
no desea el bullicio de los pájaros,
sólo ansía dormirse una mañana eterna.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Los árboles de tus días

Los días que te suman
van abatiendo sin piedad tus árboles.

Tus ramas se desnudan, se deshojan
bajo el rigor violento y  acerado.

Van quedando sin vivas primaveras,
sin sol que lo prosigan, y persisten
con el solo artilugio de la brisa.

Día a día, eres un árbol menos
después del otro árbol abatido;
y en el último árbol que te quede, entre sí
se matarán los pájaros.

sábado, 13 de octubre de 2018

Nuestra casa partida en dos

Están edificando un muro en nuestra casa:
dividieron ya en dos la zona del vestíbulo.
Y cortaron la sala, mágicamente justos,
fríos, insobornables.

Atravesando la cocina
requirieron la rúbrica de nuestras determinaciones.
Has preferido hostil comodidad,
la afectación que tanto odio,
y nada te importó verme en el lado opuesto;
es decir: decidiste celebrar
la marcha de la construcción.

En el baño quedé sin inodoro.
“Por suerte, nuestro patio es bien grande”, me dije,
pensando en defecar debajo de los mirtos.
mas, ¿de seguro quieres consentir
la construcción del muro pernicioso?

Ellos son ciegos,
padres del equilibrio, de la cautela;
sólo pueden parar la obra
si los dos rechazamos nuestra obstinación.
Te reprocho, te ruego, y tú pareces no escuchar:
el muro te ha tapado los oídos.

“¡Dios mío! Partirán también el dormitorio.
Redujeron el vano de la puerta.
Ochenta centímetros dividido dos.
Se acercan despiadadamente a nuestra cama
¿Qué hago?”

Antes que el muro cierre el nuevo
perímetro, me arrojo a tu sector.
Suplico nuevamente. ¿Qué me importa?
Acepto convivir con la mitad que queda.

viernes, 12 de octubre de 2018

Invocación a Apolo


De tu piedad reclamo, dios Apolo,
retenido en la inmensa telaraña
de vigilia febril, en la maraña
del albur, del acaso, mudo y solo,
al atisbo de insectos de Utopía,
del oscuro laurel glorificado
por las justas de Atenas, enredado
en ansias de ambiciosa cacería...,
matices de tu cántico, el secreto
conquistar, con la llama duradera,
la travesía de gozoso reto,
del ave lujuriosa la beldad
retozando en la rítmica quimera
y enclaustrada en la azul eternidad.

jueves, 11 de octubre de 2018

El poema del día


En medio del camino
se ve reverdecer la hierba de los prados distantes;
mi corazón se agita
porque llego al portal de la ciudad
(tantas cosas me han dicho de su locura adormecida,
de su eterna estridencia, sus muertes misteriosas).


En la acera de un bar,
aplastando el periódico
sobre una mosca sin laúd,
bebiendo a sorbos mi café, sin voz...

De entallado vestido, una mujer
con auras de arrogante intimidad
me lleva a errar por su ardorosa alcoba,
disfrazado de lúbrico voyeur.

¡El amor vuelve,
el amor siempre vuelve!
Desde la edad de las cavernas llega su divino poder;
desde la oscura edad del medioevo
nos ofrece su místico deleite;
desde ayer y hasta hoy; desde mañana
y hasta el instante del postrero adiós,
el amor se desnuda, nos muestra su foco creador,
su pura adrenalina.

En la mesa de un bar la joven,
mientras pasa radiante sobre la otra acera,
emana de su encanto femenino
la magia de mi triste poesía.

Mi corazón se abrió,
como pétalos a las mariposas,
y urdí mi plan y engatusé a las musas.
Furiosos galanteos las minaron;
con mi pasión extrema las plasmé,
y hoy se encuentran echadas a mis pies,
a mis desordenadas fantasías.

En la acera de un bar pasan las horas...

Las palabras,
infinitos vocablos 
—uno más bello que otro—,

las imágenes, los ensueños, las conclusiones, el asombro,
las urgentes e intactas fantasías,
todos los elementos del poema, se acercan dóciles, 

como barcos dispuestos
con entusiasmo para la gran pesca.

Libra el viento su amor, su grito humano,
sus mástiles sobre las olas, su luna temblorosa
aprisionada en su vaivén eterno.
¡Y a la hondura del mar! ¡Y a la hondura del mar!
Henchidos de pasión, con pipas humeantes,
regresaremos con el pez más grande.

En la acera de un bar pasa la vida...

Desahuciado estoy porque la muerte
me ha clavado su mofa lacerante.
Ronda siempre que soy feliz
y ello me impide abandonar mi isla.

Me gustan las aceras de los bares
al aire libre de las frías tardes
(algún día me sentaré en París
a beber un café con aguacero).

Humeante en mi lengua,
como un gitano echando cartas,
un soneto sin rimas compondré,
un soneto blanco, mi poema del día:


En medio del camino reflexiono,
mientras se ve reverdecer la hierba
de los distantes prados. Se me agita
el viejo corazón malhumorado,
porque encontré en la vida tantas cosas
deseando engendrarse en poesía,
que a silencios reclaman existencia,
exigiendo los sueños del poeta,
la luz y la porfía, cual aurora
irrumpiendo cansada de la noche,
de espantos de demonios que la acosan.
Traspongo el gran portal de la ciudad,
me siento en un café sobre la acera,
mientras concluyo el verso de este día.