martes, 11 de agosto de 2015

La rosa



Radiante está la rosa en una esquina,
como una reina en cuyo trono exhala
halo y fulgor en la apacible sala,
desbordante tersura femenina.

En el jarrón reluce matutina
con rojos pétalos la ardiente gala,
mientras la luz en gradación avala
la majestad de estética divina.

Arrogante en el tronco cercenado
ignora todavía el desconsuelo
de hallarse en los dominios de la muerte.

El sueño de vivir, cuando truncado,
aunque guarde su rojo terciopelo,
repite de la flor la misma suerte.

Del amar la existencia


Como muchos, yo amo la existencia;
es decir, mi vida en la vida,
el enigma rebelde de la realidad,
el paisaje azul que surge en tu pupila,
nuestro amor que apantalla las nubes de mi hastío,
la sabia plenitud de mi locura
(que no he podido mostrar al mundo aún),
los límites opacos del aprendizaje,
el aprendizaje de la opacidad,
las preguntas del niño aturdido ante tanto misterio,
la canción de su cuna,
la lámpara que baja a las cavernas de mi espíritu
y sube apagada porque me ha visto desnudo,
la harina, el pan, a los que comen el pan, y a los que comen sin pan,
el asombro que nace en cada amanecer,
la risa involuntaria, espontánea
(que nace porque el recuerdo de otra risa tuvo su causa poderosa),
la cuerda que ahorca y nunca mata
(y ahorca y se desata, y nunca quiere ahorcar),
el intento de encontrarme antes de morir.