lunes, 17 de octubre de 2016

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Separados luego de un gran amor

Separarse después de haber vivido un gran amor,
el manto edénico del bienestar cae sombrío sobre nuestras fantasías,
y todos los idílicos momentos, esos sostenidos abrazos,
esos besos profundos como el pozo del firmamento,
esas risas que espantaban las dudas secretas de nuestra pasión,
esos furores de lujuria, esas valentías para cazar
a las bestias de nuestros corazones, todos los rayos
que nacían de nuestros cuerpos fuertes
para encender las mechas de los sueños,
de los proyectos más audaces. . . ,
se encuentran hoy detrás de un espejo patente
donde hace su triunfal aparición el rostro envés,
el Jano de la historia.

La memoria se vuelve sideral para exponer
los cuantiosos atajos que pudieron obviar el infortunio.
Recuerdo que los pájaros volaban en círculos,
violando todos los principios de las ciencias zoo-lógicas,
esperando crear la eternidad de la aventura,
el síndrome de la felicidad, el mundo de tu boca,
cuidando para que no se vacíen nunca los roperos,
y han ganado tan solo ser testigos de libros esparcidos
y almohadas tiradas por el suelo.

Cuando se ha amado mucho tiempo, separarse
es como hiena que empieza a morder
y arrebatar la carne de todo el tiempo disfrutado,
esos momentos mágicos en que te quitabas las ropas,
la minuciosa magia de las noches de amor,
y hasta tus descorteses arrebatos de cólera
(que hoy suenan a graciosas niñerías).

Cuando llega el avión que ha enfrentado la tempestad,
me encuentra sin expectación en el aeropuerto,
con tanta gente circulando vanamente a mi alrededor,
con el pasaje en mano para un distinto vuelo
(un largo vuelo en soledad, dolorosamente sin ti),
para otras tempestades, para otros cruces de mar,
sin posibilidades de una venia, de un retorno,
de una piedad a mi derrota.




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