viernes, 1 de abril de 2016

Siempre mi tumba estará en el sur




Nunca fuimos ajenos al afecto.
Nunca fuimos apátridas del llanto.
Nunca fuimos ladrones de la herida.
Nunca fuimos los ríos del rencor.

Viejos espíritus, tenaces corazones,
aves que hablan con cantos leyendas de mestizos
y sueños de florestas, de humus y llovizna,
bajan por las cascadas de los ríos.

Juro por las cadenas de la sangre
que no fuimos nosotros los culpables del miedo,
que siempre fueron libres las cañadas;
y juro por las lluvias, por las noches,
que no fueron siempre las penurias.

Nadie confía en nuestro susto,
no creen en nosotros cuando oramos,
nos tratan como herejes insolentes,
y aceptamos ayunos y culpas miserables,
y cedemos la voz,
y borramos la risa por centurias.

Pues, sáquenme el lenguaje castellano,
cúbranme el rostro de pintura negra,
que haré de todas formas,
con la lengua rebelde de mi indio,
de la injusticia un grito,
del sueño en la floresta mi agonía,
del agua, de su música, de sus piedras, mi tumba.


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