jueves, 28 de abril de 2016

Pacifista en la antesala del verdugo



En la espera del dedo acusador
que lo encamine a comprender su crimen
—negarse a combatir como soldado—,
dignamente aturdido,
la gorra descubriendo su calvicie,
con sus dedos contraídos por el ansia
de fumar un cigarro,
sus espaldas cargando la derrota del príncipe
que destruye su trono
por excesos de intrigas palaciegas.

El aire es del tabaco y las axilas.
Alguien mató a su madre
escondiendo el cadáver
en un tambor. piedad, piedad.
Llega una voz apestosa de ratas
desde la negra celda: grita, grita.

En la antesala del verdugo
—quien aparece a cara descubierta
para moler los sueños con maestría—,
aprieta los cogotes bajo el agua.
Y luego un trago.

El aire es del que tiene la pistola,
el garrote y el látigo.
El aire es de las moscas que sueñan los sudores,
las babas sucias,
las heridas abiertas.

Sentado en un rincón,
escribe las sintaxis adecuadas
con un ventilador en la memoria;
se declara menos culpable,
y gestiona por nota la clemencia.

La tímida Verdad
se retrae en las auras del poder absoluto.
Se esconde en el cinismo de las botas
hundidas en el culo. ¡Qué perdón ni perdón!
¡Que se vaya al carajo tu perdón!

Y hace tres días
ella lo está esperando en la vereda.




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