sábado, 12 de marzo de 2016

Siria a los doce días del mes de marzo del año dos mil dieciséis





Vengo a invocar la vida. Escribiré un poema muy concreto
sobre una vergüenza de la humanidad, sobre la cruenta
masacre en Siria. Me cuesta escribir un poema sobre Siria porque,
indefectiblemente, debo hablar de destrucción y muerte,
de la miserable tarea que la parca está llevando a cabo,
del miserable espíritu de los seres humanoides, de los homínidos.
Y descreo del reconocimiento humano, consciente, reflexivo,
del mea culpa ante el asesinato colectivo de mujeres y niños.

No tengo amigos en ninguno de los bandos. Y carezco
de todo interés comercial, o del deseo de conocer Palmira.
Ayer era un bullicio la vida en los mercados, eran silencios
de abejas las mezquitas, eran animados y largos regateos
en las tiendas de Alepo, eran las tertulias poéticas
en las tabernas de Damasco. Era la fe en la vida, en el hombre.

Así, pues, la dificultad no va por el lado del miedo
sino por el de la necesidad de ser absolutamente imparcial,
como requiere el espíritu de todo hombre que se precie.

Los guerreros antiguos entraban en trance de guerra
atragantándose de furia y deseo de conquista y de gloria.
Los actuales simplemente se drogan con captagon.
El objetivo de uno y otro bando es llegar a la macabra meta
sobre miles de cadáveres, puentes de cadáveres
para la victoria, puentes de cadáveres para la derrota.

Hubieron guerras que se hicieron lejos de las ciudades;
así deberían ser siempre, como mandan las normas éticas;
pero hoy,  para disuadir al enemigo, algunos vuelven a las prácticas
primitivas de la crueldad extrema. Arrojan sus odios en las calles,
y lo hacen testarudamente, como perros rabiosos, como hienas.

Detrás de cada bala y delante de ella se encuentran seres humanos,
pero esto a nadie importa: el desierto se encuentra ahí,
y el petróleo mana ahí, y la miseria, el hambre, la tristeza,
y las bombas están ahí, caen ahí, matan ahí. Y los pobres civiles
sobrellevan sus rutinas bajo el capricho de la fatalidad.
Cada día son decenas de mártires que dejan caer sus cruces,
sin lograr volver a levantar sus desvanecidas esperanzas.

Es difícil escribir sobre cualquier guerra, porque existen dos bandos,
tantas naciones que crean el terror en estricto secreto.
Y digas lo que digas, a uno de ellos no le gustará lo que dices,
y tal vez serás amenazado por los “pacifistas”, por las oenegés.
Pero, con cautela, diremos que en los mapas de Siria,
en medio de su gran desierto se han trazado líneas cruciales
por donde desean construir oleoductos y gasoductos,
o en todo caso crear nuevas fronteras, nuevos protectorados.
¿Acaso existe una propuesta mejor? ¿Algún plan B?
¿La emigración en masa como los voraces saltamontes?
¡Jamás aceptaré las aberrantes tiendas de refugiados!

Y que las casas de sus milenarios pueblos se encuentran
llenos de niños que desean jugar a las armas sin balas, lo sabemos;
pero que tiemblan de susto con cada bomba que oyen caer, también.
Y que cada noche en mi mente no hay espacio para albergar
las imágenes de sus pequeños cuerpos acallados, lo sé.
Y que estoy condenado a bañarme con la sangre de los decapitados,
so pena de ser atacado por un dron en una fiesta familiar, también.
Pero yo no pediré clemencia a ninguno por mi temeridad.
Soy un idealista que llora en la fiesta de la matanza.
Soy una voz amiga, de esperanza para el pueblo de Siria.
Soy un cuervo blanco que odia el gen carroñero de su especie.



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