lunes, 29 de febrero de 2016

La mentira real





Aquella grotesca congoja que me endilgaron me llevó a un banco de plaza hoy perdida de mi recuerdo, y me puse a interrogar a los árboles y a las baldosas sobre la causa de una cobarde lágrima que me desprendieron. ¿Cómo fue que la culpa se fue haciendo real ante mi propia razón que desmentía los hechos? ¿Cómo el destino no se hizo responsable de mi ingenuo tormento, de la revelación de la mentira que acababa de implosionar mi débil esqueleto social? 

A partir de ahí, ya no quise jugar con las piedras del camino, pues me resultaba largo el trayecto hasta mi casa, y observaba la ciudad como escondite de demonios, de fuerzas que torcían la realidad de nuestras conductas, donde ya no existían princesas ni jardines, y donde aprendí a marcar mis pasos con sonidos y silencios. Mi fantasía corría por las calles tirando sus pandorgas que nunca remontaban seriamente el vuelo, y los pájaros se volvieron territorios ajenos a mi honda. Seguí triste por mucho tiempo, sigo hasta hoy, porque nunca pude corroborar la autenticidad o no de aquella incorrección que me habían endosado.

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