sábado, 30 de enero de 2016

Volver a la esperanza




Recuerdo un tiempo en que estabas cansado de ti mismo,
cansado de charlar siempre contigo.
Recuerdo que, una vez, te has negado a ti mismo
más de tres veces en la noche,
un no no no producto de años en llegar,
un no no no de ansiedades inconfesables,
de venerar arrasado de lágrimas
cada lluvia dormida en la ventana.

La habitual pasión de tu existencia no te llamaba,
no mordía tus manos, no te pedía audiencia;
y a veces, cuando juntabas coraje y técnica
para cantarla y motivarte, con fuerza en tu deseo,
entre las olas de tu convencional exaltación,
se hacía negar, no te respondía, no te daba pistas.

Lograste incluso escribir en un cuaderno de ferretería,
y no podías conectar con el imán del sueño
porque te perseguían los clavos, los alambres, los martillos,
disimulando tu Yo poético cuando algún cliente maldecía
o daba a entender con insolencia
su tajante aversión por la metáfora.

Dejaste un tiempo de buscar, dejaste de insistir,
dejaste de llamar a los fantasmas de tus largos insomnios;
y pasó tanto tiempo que un día extrañaste el entonces,
el dije, el cuándo, el dónde,  y el ¿cuánto hace que no me convoco?
Ella te solazaba, te encontraba argumentos, te reclamaba tu silencio,
te hacía percibir, te reanimaba, alejándote de la soledad,
acataba tu libertad cuando no la buscabas. Es tan leal a ti
que camina a tu lado cuando recuerdas como cuando olvidas.

Te convocaste, entonces, atendiste a tu sed, y no podías entender
la enorme herida que nunca había cicatrizado,
y que en sangre te había derramado y en edad.
Entonces te dijiste: “¿soy el de antes? Hace bastante tiempo
que no sé nada de mi lucha. Quiero volver al ruedo. Sí, quiero volver.
Reencontrarme con la armonía, el despertar en un esbozo,
para pagar en vida el embuste del alma en el silencio”.

Con dos o tres intentos medio amargos empezaste a sentirte bien,
te sentías muy bien contigo mismo, olvidado del Yo perturbador,
igual que antes, cuando armonizabas con el mundo,
sin la necesidad de comprenderlo, de hallarlo, de pensarlo.
Llegó la primavera aunque velada todavía, pero la lluvia
sacará de la tierra el olor del futuro, de la cosecha viva.
Y así, de un tiempo parecido al andar bípedo, volviste a volar
y hoy tienes fe de que se cumplirá la profecía:
serás feliz en el cielo más alto.

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