martes, 26 de enero de 2016

Las huellas del espanto




Esta noche no vienes a vencerte a ti mismo
sino a batir señales de tu corazón,
relámpagos, razones por la que arrojaste
la dura tempestad sobre tu cuerpo.
Esta noche, con todo tu coraje.

Has bregado en la angustia, espantado
de oír tus pesadillas, rendido al pánico que hiende su puñal
para verter más pánico. Como un devoto, te has mentido
en oración para admitir tu culpa.
Debes pagar la suerte de tu risa.

Tras las murallas de tus tóxicos
te has vuelto estéril a la dicha, confuso por el síntoma
de tu humana miseria, de tus escasas chances de heroísmo.
No puedes ya omitir la oscuridad,
no puedes ya negarla:
tienes que resistir su gran vacío.

Hoy, en tu corazón, se enmudece la fiesta de los prados,
cautivo en la mortaja del tiempo, temeroso
de caer ante el soplo más débil de la brisa.
Quisieras conocer una razón
que no te exija la agonía
ni el sufrimiento cuando vuelas.

Hoy tu corazón se enmudece,
aunque no cejas en tu empeño
de ser una misma materia y creer
que algo tuyo permanecerá
en la risa de la mujer que amas;
aunque no cejas en tu empeño
de andar detrás de la lejana estrella,
de refractar la luna
en el espejo de tu alma fatigada.


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