jueves, 14 de enero de 2016

Elevación




En el tiempo que logres trasponer
los laberintos de la sordidez,
admitiendo la ira de Júpiter Tronante
y las risas terribles de las Parcas,

en el tiempo que camines seguro
dando brincos triunfales
desde el profundo abismo de ti mismo,
derrotando a los Cíclopes y Harpías,

en el tiempo en que el júbilo corone
tu pecho en el amor por el sendero,
la gracia del divino amor,
amor que va creando la fuente de tu vida,

ese día podrás
descubrir la voz circundante
de los dioses que nunca se ocupan de nosotros,
y practican absortos todo el tiempo
alegres cacerías
en las praderas de la eternidad.

Hambriento como el mar,
te alimentarás de bellos crepúsculos,
de sus hondos matices celestiales.
Te hartarás de las lejanas estrellas
en insondables viajes
a la piadosa lejanía.
Te hartarás de los manantiales,
de las húmedas hierbas matinales,
y beberás de todos los ríos de la tierra,
porque amas tu hambre,
porque amas tu sed.

Una vez satisfecho,
caminarás muy lejos,
hasta la cima de alguna montaña,
y hurgarás ya sin miedo
los misterios de tu naturaleza,
complacido en la soledad.

En la cima de las montañas
la luminosidad del sol se agiganta;
ahí se encuentran nuestras grandes aspiraciones.
Luego de contemplar la belleza de ese cielo,
y adivinando el éxtasis que se pudiera experimentar
atrapando los sueños,
te recargarás de energía
para subir y persistir subiendo.
Las paredes son escarpadas
y terribles vientos ululan sus cañones.
Fantasmas de tantos escaladores
derrotados por la impasible muerte,
acechan todo el tiempo.

La lucha por la luz
no le da tregua a tu sosiego.
Con temor al demonio
que busca seducir de entre los árboles,
tal si fuese tu vida trunca
con toda la insondable duda humana
su único propósito,
sigues aquel rumbo indicado,
el rumbo inalcanzable hacia la meta,
el rumbo que no obstante cura el alma.



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