lunes, 18 de enero de 2016

Anécdota de una noche con mi padre


Mi padre está sentado en el jardín, la noche está estrellada,
y un túnel silencioso nos aísla.
Su voz es una soga que me tiene ligado por el cuello
sin permitir zafarme, ata mi buque al muelle,
y es sábado, carajo, y la negra de la esquina me espera.


Mi padre canta: "cuando joven, yo también
tuve un amor que me esperaba".

—Bueno, si así lo quieres, vayámonos de juerga,
los pirómanos diestros son siempre padre e hijo,
con ambas grutas generacionales —le expresé—,
con sonrisa de tierna conmiseración.

Le brotaban veranos de la boca,
fuimos por los suburbios de la ciudad impúdica
para abrazarnos en el humo, para seguir con la cerveza.
Hincado de rodillas frente a un prostíbulo, me dijo:
—yo nunca tuve sexo con rameras:
las mujeres de antes sólo esperaban coronas de espinas
y lágrimas bañando sus tiernos corazones,
las mujeres de antes sólo esperaban cortes
de seda para sus vestidos domingueros,
y nada más.

Había montes y quebradas en su escrúpulo,
lo llevé a un bar por un arroyo de ternura.
La noche se hizo cómplice de tumbas y gemidos.
—Sólo deseas recordar —le dije—. Pues, recordemos: cuéntame
cómo eras en tu esplendor, cuéntame tus hazañas de pequeño truhán,
de qué arcilla me hiciste con tu soplido de pequeño dios;
y luego que se inicie tu agonía, que rápido envejezcas,
que dejes ya tus libros de suspenso, cada arruga en su sitio,
que caduques tan rápido como sea posible, roguemos
para que todo acabe: tu triste decadencia, este desplome
de tu arrogante juventud que yo admiraba por fotografías.

Mi padre yace frío en el recuerdo, extrañamente solo,
y sólo yo lo salvo, como hoy, a cada tanto del olvido.




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