martes, 15 de diciembre de 2015

A mi madre


Cántame esa vieja canción de las lejanas mariposas
cuando el sol caminaba sobre una mañana amarilla,
sentado yo con el esmero de la mesa servida,
ante el sagrado rito de tu asistencia desinteresada,
mientras en una taza de humeante café
me revelabas el milagro del día, el esplendor del mundo.

Con tus cuerdas melancólicas e infatigables manos
ábreme ese otro tiempo de rabiosos aguaceros,
de aljibes, verdes ranas, caracoles, época de las almohadas tibias,
de tus sueños acariciando mi memoria, sonriendo en paz,
y háblame de la emoción que ha hecho posible mi rostro.
Ante mi reclamo aterrado, derrama la intensa luminosidad de tu amor
que bañará mi corazón, llenando mi futuro aún vacío.

Enróscame, en la infeliz imprudencia,
con tus brazos elásticos de guardiana serpiente.
Con tu vida colgando en los percheros del ropero,
posponiendo deber de esposa y compañera, devota de convento,
vigila el cielo de mi algarabía, mi destino, mis miedos, mi horizonte.

La gris ondulación de tus cabellos, las mil desilusiones,
no deslucirán la dulzura de tu canto, tus guiños a mis diabluras incautas,
mi fe ciega para crecer, las puertas para entrar a la adultez.
Sé que si te obsequio un corriente comentario, una leve atención
o sólo una mirada de soslayo, encontrarás el simbolismo exacto.
Sé que bastará para irradiar tu sonrisa.



Hombre de vertedero




En el sopor del caluroso siglo, por la colina plástica y vidriada,
traes tu corazón vacío bajo la cruz sin gólgota.
Vives ahí entre los deshechos, desde ayer y anteayer,
y no te irás mañana ni pasado: la basura, como al cuervo, te excita.