jueves, 17 de septiembre de 2015

Tarde latente




Este cuadro apacible, ante mis ojos
sumidos, graba con la luz postrera
diabluras en la fronda pajarera
y los vuelos de elípticos antojos.

Visión hiriente




Al observar tus desnudas arenas,
esculpidas por desérticas tormentas,
me recubro los ojos,
porque hieren esas polvaredas
triunfantes que remueven
las colinas, las dunas, las planicies
de la etérea extensión
de tu cuerpo dormido.


Vuelve timonel




Sin bríos, azul velero
de letras, se fue surcando
por el río aguas abajo,
hace ya miles de versos.

¿Se habrá quedado dormido
en una pinza del río;
o, entre sueños, encallado,
en las arenas de un banco?

El timonel solitario
muerto estará de frío,
o quizás  esté jugando
con los peces coloridos.

Echo en falta su presencia,
su canto escarbando arenas
de eternidades, su sueño
que llovía sobre el tiempo.

¡Oh, timonel, timonel:
deja tu angustia verter
y ven nadando con brío
como el salmón río arriba.

Nuevos veleros ansían
los astilleros vacíos!


Habitante de raza urbana




Yo sé que pertenezco a la raza urbana,
de innegable prosapia transeúnte, con escasos ensueños
y un corazón entre dos hamburguesas con mostaza.

Amo a la reina del barrio y, en los callejones o debajo
de los viaductos, he tratado de hurtarle su guardado sexo
en el cinturón de castidad del matón de la cuadra.

Voy creciendo con los baches del asfalto,
sin pretensiones mayores que beberme una cerveza
en el bar de la esquina.
Mi padre hizo lo mismo, caray. ¿Quién podrá reponerme
la falta de cariño, te quiero con el alma?

Cuando sea grande quiero ser mi propia meta.
Me escondo de las burlas callejeras
que buscan mi pescuezo emancipado.

No sé de cual ancestro me viene el entresijo,
la gran facilidad de convertir miseria en felpa,
el grito callejero de un borracho en trino de un jilguero,
el carajo del más fuerte en motivo filosófico,
el aviso de la televisión en un verso rápido,
la luna en un nomeolvides,
las guerras en sonetos con epígrafes,
y el miedo de morir en el mismo sofá que arrellanó mi adolescencia
en un decente matrimonio con cuatro hijos.


Despertar




Amanece penosamente (blancos los árboles)
a las once de la mañana.
Al abrir la ventana, el cielo
cae sobre el reloj
y grita su inclemencia sobre el cuarto,
la casa, el jardín y mi rostro.

Sobreviviente mudo,
un pájaro que pasa
prueba la envergadura de sus alas.
Lo miro entre bostezos.

Me pregunto: ¿cómo fui así aplacado,
fantasma de mí mismo,
viviendo aquí entre muebles, libros y utopías,
mirándome incesante en el espejo
la copia de quimeras y más copia,
con mi ambición amedrentada,
y escudriñando la hora en que vendrán las ganas
de despertar mi cuerpo entero?

No es por nada, no tengo excusas.
Hace insomnios que muero en este mundo.