martes, 15 de septiembre de 2015

El alquimista



                                                                                      A César Rubio Aracil


Quisiera, vate, recoger de ti
—paciente imán de las vocales rotas—
surcos de ahínco, reveladas gotas
sobre la viva flor volviendo en sí.

Del vivir lo cotidiano




En este día de verano aprecias
la rosa plenitud de la mañana.
Te basta con vivir
la serena corriente de la calle,
el aire tibio enloqueciendo pájaros,
el cúmulo de gracias con que inunda
el aljibe sediento de tus ojos.

Estimas tu salud de transeúnte,
tus pasos presurosos sobre el nivel del mundo,
exentos todavía
del uso del bastón (si es que lo alcanzas).
Eres consciente de todo el contenido:
la dádiva, el regalo, la ofrenda, la merced.

Aprecias la inocencia
y el sol en las sonrisas púberes,
el asombro de anécdotas errantes,
el olor a frituras de los bares,
los vendedores ambulantes
implicados también en la savia que fluye,
las personas guardando sus secretos:
quizás alguien cobrando un buen dinero,
quizás otro luchando por pagar sus deudas.

Solazado en el aura pasajera,
es como si una diosa te dijera:
“malgasta el corazón con alegría
en el acontecer irrepetible de este día”.


Cuando dejen de volar las mariposas




Ay, fragante perfume de las rosas del día,
eterna infinitud en el jardín del tiempo,
dura mudez vertida en el adiós.

Del sueño de la vida, una a una saldrán
las bellas mariposas, tristemente apiladas
en la fría igualdad de los deshechos.

Exasperadamente sus decaídas alas
en heroicas cabriolas buscarán el propósito
absurdo de volar el universo.

En esa circunstancia de honda expectación,
con la luna observando, te será dado ver
el tardío paisaje del crepúsculo.

Y en ese panorama de contexto y ocaso,
tu rostro en ambas manos, ya no hallarás el vuelo
que observabas con torpe indiferencia.



Arenga del dios nacional




No balas sino odios
caerán sobre el campo.
Hospitales de niños
huérfanos arrasados.
Las fábricas y escuelas
dirán vuestro fracaso.
Vuestros hijos desnudos
terminarán sin brazos.

Una herida para siempre





Con hambre de alcanzar el libre cielo
donde el brío es el pájaro que anida,
desde la altura recibí una herida
en las alas fatales de ese anhelo.

Un mar de sangre es nuestro pecho




Conozcamos el reino sin edad,
soñemos en una intrincada singladura
de complejas cartas marinas,
con el hombre marino, con nosotros
en los caminos de ultramar,
donde humanos seremos todavía,  
y donde rijan en las noches
las señales retóricas del mundo.

El transitar se determina
con el soplo de nuestros días,
con las estrellas
de nuestros cuerpos encendidos
como brújulas,
como barcos piratas:
libre de la voluntad de los muelles.

De la aprehensión del mar,
de la verdad alegre de las olas,
genera el buque su acompasado rumbo
bajo la luna del recuerdo
y la dureza de su quilla,
a la única ventura de los años.

Al corazón no se le pide
que deje de latir
con los efluvios de la eternidad,
ni deje almacenado los susurros
de las antiguas islas.

No se le pide tregua ni quietud
ni pájaros dormidos,
sólo el desborde de su música de sangre.


Cuando regresa la lluvia




Cuando regresa la lluvia,
la estrella que estuvo apática
temblando en la sequedad
de la oscura y desolada
geometría del espacio,
se sacude la maraña
del hastío incandescente
y con nuevos bríos danza
ante el universo entero
sobre el espejo del agua.

Cuando cerque el desierto




Cuando te cerque la aridez
y agotes los caminos de tu desierto actual,
tu persistir heroico por la arena
será una imagen
que la curiosidad ya no despierte.

Si en el tenue espejismo del ayer
te contemplaras,
y creyeras hallar reflejos de tus ojos
cuando aún se encendían,
no serán sino rayos fugitivos
de la mirada en fuga.

La vastedad, cuanto más la examines, 
y mucha encuentres las razones desérticas
de lo feliz que fuiste,
menos evitarás la angustia
pues ella es su legado.

Mas no te aflijas, será también
como si viejas dunas
trajesen los oasis a tu encuentro,
y el corazón los saludara
agradecido y suplicante.