domingo, 13 de septiembre de 2015

Ante los lobos del espíritu



                                                  "adentrarse en el miedo del verso no nacido" (Celia Puerta)


Merodean feroces la explanada.
Me introduzco vestido de cordero,
invulnerable el corazón de acero
a la temible y ciega dentellada.    

Solo en la noche -voluntad ganada-,
soportando el tic tac del segundero,
con mi temor explícito y señero,
irrumpo al escrutar de la manada.    

Más allá del felino ardid, tozudo
voy batiendo las sucias intenciones
con mis bríos humanos como escudo.

En las sombras, los seres execrables
perciben cuan bravías decisiones
guardan mis cancerberos insondables.


Anhelo de soledad




Huyan. Huyan todos de mí. No me roben la claridad.
Ocúltense de mi horizonte. Ha caído el paño del sol.
Todo un infinito desciende de entre las hojas de los árboles.
Déjenme toda la amplitud de mi campo de acción.

Resuelto en mi digna tarea, con mis pulmones en la aurora,
antes que me acongoje el día, antes que la tierra se incendie
y haga leño de mis impulsos, con hacha al puño,
grandes árboles con pasión y embebido en el tiempo talaré.

Aquí, en la oscura soledad, donde arrecian las tumbas solas,
entre cantos de extrañas aves que abandonaron sus gorriones,
entre moscas y serafines y acompasados movimientos,
con mis músculos firmes y mi corazón de madera . . .

en el mármol de la madera la vida misma tallaré.
Así, pues,  huyan, solo déjenme con mi noble labor.


Pasión eterna




Su palpitante corazón,
a pesar de los años de emoción,
sigue rondando por las calles
de la fluorescente ciudad.

Su palpitante y viejo corazón
sigue gastando juvenil candor;
mas, en cuanto me ve, rápidamente,
lo antes observado vuelve a contemplar.

Se ruboriza al admitir pasión
por el joven que se adentró
en el túnel del metro para siempre
(al que no verá nunca envejecer).


Una tarde




Una llegada amorosa
y un beso de bienvenida.

Navegando el río irrevocable




En un día cualquiera 
se puede navegar el río irrevocable,
y ahí estaba nadando, con su alma en la otra orilla,
un día insospechado, en cruz sobre el destino.
Yo me arrastré hasta el grito, hasta el cable homicida,
y pude ver su perro olisqueando el suéter
sobre la tierra húmeda de la lluvia de ayer.
Pude ver dioses afligidos. Era un día raro.
Y su rostro de fuga se me incrustó en el ojo
como un cuchillo de la gente fría,
del vecino que apático pisaba la existencia,
de la brisa sin gracia y sin tersura,
como si fuese cosa de los otros.

Y me precipité sobre su cuerpo
y lo cargamos con mi padre corriendo por la calle
y se me cerró la garganta de serpientes
y se me llenaron los ojos de blasfemias
y sin planes para el futuro
y a él nos abrazamos con mi padre
y quisimos apretujar la duda
y nos quitaron de las manos
y nos aislamos atontados con mi padre
mientras buscaban reanimar 
nuestro amado cadáver.


Escala cromática




La tarde apura,
en sus primeros soplos fríos,
no sólo el sayo del invierno,
sino el color brumoso
de una lluviosa tundra para siempre.

Tiniebla de infinito, donde el ocre
del crepúsculo
es el cromático escalón hacia la bruma.

Del corazón, en serie de matices,
la sangre roja y rítmica,
desde su luz de gema,
baja esfumada hacia la sombra los peldaños.