viernes, 11 de septiembre de 2015

Oración de Leónidas en las Termópilas




Oh, héroes gloriosos; oh, venerados muertos
de sangrientas hazañas en la historia,
que en columnas de pájaros triunfantes
apuntáis vuestras alas al sin final del mundo.

Semidioses homéricos,
bellas fieras de siglos ancestrales,
intrépidos guerreros solazándoos
en los jardines de la eternidad.

Apoderaos hoy de mi oprimido espíritu,
llenad de ira mis fervientes ojos,
y contagiadme vuestro mítico coraje
para rugir ante la espada del destino.


Oyendo un nocturno de Chopín




Hoy es aún mi tiempo, tal vez una de las últimas noches
donde pueda oír un nocturno de Chopín.

Soy un hombre mecánico, con ritmo temporal
en mi estructura osteológica y en la función de mis arterias,
y tan sólo me resta ennoblecer los sucesos errantes de mi psiquis
por las venas con tufo a sangre accidentada,
a sueños carcomidos por la abulia,
a eternidad sin gloria,
como tristes historias de amor de drogadictos.

Crear palabras cordiales para los solitarios,
y como ellos ser también un hombre nocturno
acostumbrado al coro impertinente de los grillos.
No  desangrarme más
rastreando las notas de algún violín muerto de amor.

Estoy junto a la vida, amo lo vivido,
cerca de los recuerdos -grandes blanqueadores de mi alma-.
Pero pasaron muchos años,
y a montones recojo escombros de mi empeño,  
y se vuelven los árboles más débiles, como mi madre,
aunque la noche sigue tranquila hacia su lecho helado.

Voy cayendo a la tierra como una semilla con alas,
en búsqueda poética de hundirme en surco fértil,
y un temblor de retoño se extiende por mis ramas,
y cada día saco fuerzas de mis hojas muertas,
del crepúsculo -cofre de todos mis secretos-.

Y en una de estas noches de brillantes estrellas
descargará el destino su furia sobre mí.




El cofre de la vida




Es cofre inmenso de pasión la historia;
guarda joyas de anécdotas perdidas
desde el tiempo ancestral: valientes vidas
e insignes hechos de renombre y gloria.

Ajenas de la luz en la memoria
de la muerte, pasiones presumidas,
sueños de amor y lágrimas vertidas
descansan en la yerta vanagloria.

Percibe el alma el inmortal latido,
humano son de ausente resonancia
que dormita en la noche del olvido.

Sé que seré, también, aquel gemido
implorando en la triste disonancia
la música del día y su fragancia.


Lacrimae rerum




                                         Virgilio: sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt.
                                                                                                        A mi hermano Tomás (+)


En tiesa despedida,
dime tu adiós, hermano,
vencidos y fatales
tus silenciosos brazos.

Viajero sin retorno,
sin lágrimas, sin tiempo,
con tus manos vacías en la suerte,
así como los pétalos
que mudos se abandonan
al insensible viento.

Tu cuerpo que penetra ya en la noche,
con tus ojos cerrándose al camino,
con tus manos inmóviles, cruzadas,
marmóreo y ausente,
privado ya de lunas y crisálidas
que fluyen de la vida,
privado de la risa a carcajadas,
privado ya del tacto y del contacto,
y con la lluvia dándote la espalda.

Dime el adiós, compinche,
y déjame el vacío de tus zapatos,
tu ausencia sin refugio,
el rostro que me mira en el destino.

Déjame recubrir tus ojos quietos
y lamentar tu vida con mi vida,
y déjame mirarte en el espejo
de nuestra compañía,
y déjame esperar que la esperanza
me pueble de celestes avenidas
que llegan hasta el parque
donde juega tu alma peregrina.

Dime el adiós y vete, niño dormido,
antes que la conciencia, su mágica elocuencia,
decida por las noches presentarse,
mucho antes que la tierra adormecida
eleve dolorida su fragancia.

Dime pronto el adiós,
hermano mío,
que las cosas empiezan a llorar,

¡y vete!



Dormir bajo las alas muertas




Salí sin besarla,
ella se encontraba ya dormida.

Narraba la televisión
una historia de amor y guerra de los mongoles.

Me detuve en el patio de una noche esteparia,
de soledad de libro abierto,
reclamando a los dioses del destino
un aldea más próxima a su anhelo.

Los días, las felices anécdotas
de la pasión remota, ¡ay!,
“las palabras no vuelan ya su risa,
no emprenden ya sus labios”.

Cuando volví, seguía ella agua
en el curso del sueño, ausentemente
ajena a los combates del mongol.

Mi desvelo se encuentra en lo perdido.
Me descamo, una noche más, en el epílogo
de una fatal historia de pasión.



Demonio de la postración




Sangrando estoy por lanzas del demonio eviterno.
Tortura sin clemencia, con infame sadismo,
mi índole eremita.

Sumido en pesadumbre, fluyo sobre la copla ansiada
pues nunca en estos prados cantará el ruiseñor acorde.
Emigraré al averno con la humana torpeza
de haber desatendido
a las musas de cánticos sublimes.

El demonio consiente sólo metas arcanas
donde manchar, borracho de licores impuros,
los pechos y las ingles de diosas prostitutas.

Herido estoy y sufro el revés del nirvana,
la muerte de mi dios,
y estoy en deuda afónica con los métricos pájaros,
en titánica lucha con la implacable rima
y anulo manuscritos bajo nubes de errores.

Sobre este mar -piloto jadeante-, en cruel calafateo,
en el bote del tiempo que navega al olvido.