jueves, 10 de septiembre de 2015

Crueldad de los verdugos




Viendo a nuestros verdugos caminar
muy sensibles a nuestras aflicciones,
respetuosos de nuestros desalientos,
como lobos que son domesticados
para aullar con fingidas cortesías. . . ,
veladamente preguntamos:
¿Dónde fueron sus crueldades?
¿Qué excusa retarda la ejecución?
¿Acaso en los detalles del cadalso
y en la excavación de las fosas,
nosotros mismos no hemos trabajado?


Amándote en el espejo del tiempo




Amo la ingravidez de tu jardín,
la madreselva de tu piel
en el tapujo por hálitos de sol entero,
el polen de tu risa, 
los brotes del pistilo de tus labios,
tus ojos en el cielo de las margaritas.

Reálzate en la órbita del colibrí que soy
y cede a la succión tus ansias tímidas,
despliégate al espejo de la nubes
con tu pasión de lluvia.

Agóstate en mi canto.

En el venero de la tierra, pronto
refractarán las horas tus pétalos efímeros
y mis alas sin nombre.


El silencio de Rimbaud




A veces las palabras caen de su árbol
y anhelan retoñar en la tierra con su propio sonido,
arropado en las mismas vocales y consonantes;
y preñadas en la mudez, anhelan derramar
frutos idénticos.

Si todas las palabras sueñan de lo mismo,
el árbol retrocede en desnudez grotesca,
los pájaros lo rehúyen, porque el canto se hace insostenible
ante tanto vacío que absorbe los ecos de sus vibraciones;
y los rayos del sol, antes vertidos en los matices de las hojas,
caen de pleno sobre el verso cual cuchillos de varas encendidas.

Entonces, cualquier sitio de la tierra es siempre páramo,
y más vale entregarse al tiempo, con el mismo afán
que un mercader de armas buscando fortuna,
esperando que las palabras admitan
su naturaleza de conjunto.


He decidido perderte




Desde un tiempo sonríes con los labios mordidos
y llegas a la casa con olor a futuro.
Al desvestirte olvidas
en el perchero tus anécdotas.

Quise, por un minuto, suicidar
la musa de mi espíritu,
reponer las baldosas
desprendidas de nuestro acceso,
y al irrumpir la noche
correr a la cerveza que enfriaste,
pretendiendo salvar
el adarme de amor obsesionado.

En el jardín tan sólo resta
mudar los crisantemos frente a la magnolia,
y al lado de los lirios, pero perdió el cristal
de color mi retina, ahora
ve las flores en blanco y negro.

Abatido,
anoche decidí perderte.

Mis cosas
—los textos esparcidos, la guitarra, el ordenador—,
no las toques.

Probablemente, en el vestíbulo,
con muy pocas palabras me retengas.


Río azul




Río azul, que nunca
detienes tu curso
y bajas tranquilo
e irrumpes enérgico,
murmurando gritos
al compás del viento.

Despedida




No ambiciono tu cuerpo
sino la luz que de tu cuerpo emana.
No me hechizan tus labios
sino tus besos.

Yo adoro lo intangible que irradiaste:
tu risa, por ejemplo,
blando sonido de mi dura soledad,
eco de la garganta montañosa, eco
constante, eco que regresa
de la canción que en los cañones quietos
entonábamos juntos.

Anhelo que mi ida -cuánto anhelo-,
no arroje sobre ti necesidad de olvido,
y sea este amor en tu memoria
un dulce eco.


Carcoma de la pasión de vivir


.

Ópalo girasol, entonces fuego.
La vida muda en flébil amarillo
aquel tono carmín, glamour y brillo,
playa y mar del amante veraniego.

Mustia la gema en cándido sosiego,
un día se desprende del anillo,
y como ágata que esconde al grillo
vive entre rosas de un jardín sin riego.

Si la pasión acabará vencida
con su áspera piel de cicatrices,
gris en la senectud, negra en la muerte,

¿con qué designio cúbrenos la vida
de tan torpes y pálidos matices
el ardiente vigor, el rojo fuerte?


La mano




¿Dónde y cuándo la diestra yacerá su meneo;
y en qué funda de olvido, sus falanges menguadas?

¿Recordará su tacto la seda de mi herida,
el cincel frío
con que forjó mi imagen,
o los gusanos de cadáveres sin nombre
carcomerán sus uñas?

Cómplice del deleite de mi boca
hoy aún la conservo, carnal y sicalíptica,
hurtándole su hastío a la guitarra,
al ajedrez, al póker y al jardín.

—Cleptómana del verso,
hostigas las aldabas de la noche
para calmar tu artritis con un tropo siquiera.