miércoles, 9 de septiembre de 2015

Atado a ti en la distancia

   


No deseo olvidar
las ventanas abiertas cantándome sus pájaros
ni el cuadro levemente ladeado
que quise nivelar
con tu alma enamorada.
Tampoco a ti a mi lado refrescándote
en el lago del beso.

A veces suspirando en el jardín,
oculto como un sapo,
te recuerdo detrás de las begonias

Y deseo abrazar con la memoria
tantos detalles de la dicha:
emociones,
risas cual soplos de la fragua,
largas charlas que sonaban a versos
y a lluvia fresca, cuando anidaban entre tus muslos
las dormidas razones de mis manos.

Esta larga cadena
de agua con olor a tierra,
eslabones de luna y sol
en incontables hemiciclos,
se ha hecho distancia
trayendo vibraciones de tu pulso,
metálicos latidos de tus senos,
señales casi imperceptibles
que llegan a mi tacto
anhelantes,
tuyas,
elementales. . .


Juan de Yepes en éxtasis


Su rostro, imagen de divino asombro,
su cabello cayéndole en el hombro
—humano dios de mística invencible—,
me cubren de embriaguez incontenible.

En la sombra profunda de sus ojos,
llamarada de ingénitos antojos,
juguetean los pájaros del mundo
—y un brioso Mefistófeles jocundo—.

Su boca, corazón de la manzana,
es un llamado rojo en la ventana
de la noche. Lo miro en el trasluz,

entre el destello de su eterna gloria
y el hombre; llama y sangre absolutoria.
—¿Buscas amar carnalmente la luz?


Yo amo la existencia


Como casi todos, yo amo la existencia;
es decir, la vida;
es decir, el enigma rebelde de la realidad,
el paisaje remoto que surge en las retinas del anciano,
el amor que apantalla las nubes del hastío,
la sabia plenitud de la locura,
la incomodidad de los límites del aprendizaje,
el aprendizaje de la incomodidad,
las preguntas del niño aturdido ante tanto misterio,
la canción de su cuna,
la lámpara que baja a las cavernas del espíritu ,
la caricia de la luz tenue de la lámpara,
la harina, el pan,
a los que comen el pan,
y a los que comen sin pan,
el asombro que nace en cada amanecer,
la risa involuntaria, espontánea de familiares y amigos,
la cuerda que ahorca y nunca mata,
el empeño donde sucumbe la insolencia,
las gotas que escriben canciones en los charcos,
las verdades punzantes, atrevidas, de nuestros jóvenes,
los silencios del alma,
la palabra que sustenta la luna
y construye el futuro con su luz encendida,
algunas tardes sencillas y sagradas como campanas de barrio,
la memoria que retiene ciertas carcajadas para siempre,
las ciudades sin consulados, sin bombas nucleares;
y ante todo el cristal de espíritu de los honestos,
a través del cual, en el planeta corrupto que habitamos,
se concibe todavía el país insumiso, revoltoso, insurrecto,
que exalte a sus héroes,
castigue a sus hipócritas
y perdone a sus muertos.


Una vuelta por mi hastío



Cada vez que salgo a dar una vuelta por mi hastío,
suena en mi pecho una flauta antigua
de sonidos apagados que rondan el silencio,
de costura de mis labios por demonios sin trazas,
de melancolía hermafrodita que se fecunda a sí misma.

No tengo ojos para sostener su mirada,
no tengo cansancio suficiente
ni hambre suficiente
ni angustia suficiente para pedir albergue al corazón
que me tiende amablemente su tristeza.

Por suerte existen los paseos donde nadie puede encubrir el firmamento,
el aire se estaciona y se emociona, se vuelve piedra inmemorial,
mientras los pájaros siguen pasando uno a uno
como cachorros propiciamente destetados.

Y permiten volver sobre las espaldas dormidas de la tarde
para auscultar las entusiastas mariposas recogidas.

El desierto




Aquí,
tras el último aullido del pasado, hiendes la piel de la monotonía,
planicie con su intenso sol.

Las dinámicas dunas te perturban, borran tus huellas por segundo,
feroces, extraviantes; y solitario en la penosa inmensidad,
con tus inútiles vituallas, rondas la ondulación sin límites.

La enferma sed propone el paisaje fatal de las arenas,
los espejismos: agua de las corrientes cristalinas
de los lejanos valles, manjares de tu madre
sobre el mantel de arena, y risas de mujeres diestras
en el recreo del amor.

Ante el ancho horizonte sin ribera, cunde tu alarma ante el vagar eterno,
ante el zarpazo de la muerte misma.
Curtido en la vigilia ya no eres soberbio como ayer.

Descrees de los vuelos circulares de las pacientes aves,
de los signos de luz de las estrellas,
de los pobres oasis que puedas encontrar.

Humano e imperfecto, sufre tu espíritu en la humillante trampa:
caminas libre pero sin destino.



El color de la noche




El color de la noche, ¡qué profundo!
No obstante, la indolencia lo adivina.
El desolado ámbito imagina
esas brumas tiñendo el fin del mundo.

Estremecida noche. Condenada
al frío otoño la insegura hoja.
Y su llovizna inexorable moja
el otro espacio, el alma desolada.

Duro metal: cuchillo del destierro
clavándole al espíritu su hierro
para dejarlo en la sangrante espera.

Color tristeza, negro edén sin aves,
olvidados océanos sin naves,
cómplice de mi agobio en esta esfera.


Te amo desnuda




Nunca hubiese podido amarte
con firme pervivencia
sin tu desnudo cuerpo reposando
en el lecho de mi memoria.

Eran
tus senos temblorosos
ofreciéndose gravitantes,
tu deslizar descalzo
sobre la alfombra de mi dicha,
la profunda quietud
de tu cuerpo dormido en el paréntesis,
algunas de las tórridas alarmas
que resuenan aún irresistibles.

Tu femenina broma
de querer-no querer,
huyendo del delirio y regresando,
retenía invariablemente
mi amarga voluntad de prescindirte;
y como un pájaro de siempre estío,
mis vuelos recorrían órbitas astrales
en torno a tu existencia.

Nunca hubiese podido, por ejemplo,
amarte en las veredas coloniales,
impregnado de efluvios de tu jardín materno,
con la noche negándome tu rosa,
mi loco corazón
latiendo de ansiedad en tus oídos,
y saturado de decencia.

Si te amo, así, desnuda,
es porque descubrí las ocultas distancias
de tus zonas erógenas,
y porque al conocer otros 
besos desnudos, 
un invierno desolado cayó sobre mi cuerpo.



Impetración metapoética




Dejar que el éxtasis germine 
en el hastío de mi espíritu
el tiempo necesario que precisa,
hasta que el verso brote
en el árido surco de la vieja gramática.
Verlo robustecerse libremente y nutrirse
al sólo riego de mis sanguíneas palpitaciones.
Escrutarlo con gran expectación,
como si fuese el árbol de mi vida,
como si de sus frutos pendiera mi sustento.
Persistir en burlar su imperfección
cortándole los débiles ramajes, 
los esquejes malignos.
Protegerlo de los peligros de las adyacencias,
y bajo su frondosidad ahíta conquistada. . .
solazarme.


El vampiro enamorado



Sólo porque recuerdo
la risa sentada a la mesa

y mi dormido espíritu
arranca las metáforas al beso

y como tenue luna
regresarás en el crepúsculo

con mi apagado corazón
resisto el resplandor del día.