lunes, 7 de septiembre de 2015

Desolación de los recuerdos




Han muerto todos, todo ha muerto: hombres, dichas, jardines, las estancias
donde, en las noches surtas, las fuerzas del trajín en mágicas auroras reponían.
Y ahora buscan retornar por el cupo de fiesta,
por los festejos de las payasadas, de la imaginación—pájaros recurrentes—,
para poblar el viejo árbol de la algarabía.
El mudo corazón, en su penosa singladura,
descubre las ausencias, despojos del naufragio,
los cofres sobre el mar, la vida que surcaba a barlovento.

Tiendo los ojos hacia el cielo del ayer
y una llovizna de sigilos me percibe sobre la soledad del tiempo.
Me ejerce la memoria. La sangre, dilatada en coágulos de olvido,
quiere enlazarse a las vivencias lúcidas desterradas del cuerpo.
Ya no se observan las lluvias torrenciales, el lodo de las calles,
el bosque de los patios, el beso de la luna en la enramada.
No existen pájaros ni flores ni árboles ni piedras
que saludar en las mañanas; sólo lejanía, sólo las tardes ya sin surcos.
Hoy dudo si existieron los zaguanes oscuros, las rústicas veredas,
las ranas del aljibe, los enanos sonriendo en el jardín.
Se encrespa en el abismo de la bruma mi lengua,
donde la noche, más que bóveda de astros,
es vasta ausencia, y se demora en reponer mi voz.

¿Dónde estarán los muertos míos? ¿En qué fronda
sin fin de la existencia despertarán como graciosos duendes?
¿En qué fondo de algún perdido mar, en qué atolón, en qué isla del sueño?
¿Qué hago yo ante mi hermano muerto, buscando cómo amarme,
qué rostro revivir en mi tristeza, cuánto verter en mi alma su corazón definitivo?
Mis muertos me convocan para clamar mi nombre
con el amor que busca su universo de signos, con el amor de luto constelado.
¡Voy a vosotros, muertos míos!; ocupo mi lugar en el carruaje, empuño el látigo,
ruge mi voz como reproche a tanta ruina, 
disparo arpones de congoja contra el cielo.
Mis alas replegadas caen sobre las víboras del tiempo.
No puedo comprender nuestro destino. ¡Piedad, por no perderme todavía!

Efluvios ancestrales inundan territorios de la memoria ansiosa, y cruje el alma
y se desploma y calla ante el adiós porsiemprejamásmelancolía.


Si bastara la piel




Si bastara la piel  —cada derroche— para amarnos,
las sábanas al suelo, abrazos viscerales
y una estela de músculos
heroicos en la noche.

Si alcanzara la mutua afinidad
por la pasión, la sangre, las rosas de la sangre,
y fuesen las serenas lluvias de las risas
la esperanza
de beber en tu cuerpo hacia el amor.

Si tan sólo el deseo nos bastase,
sucumbiría esta tristeza impura
—grieta del dique de mi alma—,
y cada instante de agitado desvelo
sería esclusa abierta a tu corriente
anegando mi hastío.

No sentiría la crueldad de la materia,
su límite de carne.


Desde el fondo de mí mismo




Al ojo de la sima, el árbol de las rémoras,
invencible en la ráfaga gloriosa de la altura,
mantiene en la contienda su raíz en la cima
y el efluvio de sombras al fondo del abismo.

En el profundo lecho agonizo, atrapado
bajo tupida fronda, vedado de las nubes.
Con briosa rebeldía quisiera sustraerme
la eterna oscuridad que mi rostro disfraza.

Por años he intentado escalar estos muros
para huir de la sombra, por años los follajes
me rehúsan el sol, no logro someter
la infame exuberancia con humanos arrojos.

Y la vida no alcanza para esperar del tiempo
su sed en la sequía, su tardo sucumbir.


Hagámoslo como antes




Hagámoslo, amada mía,
como en los tiempos de faltar a tu trabajo,
vencidos tus temores,
dado vueltas reloj y sensateces
y el sólo acontecer que nos envuelva.

Te espere yo en la esquina de aquellas escapadas
con mi pasión royendo las revistas del quiosco,
y hurgue en la cornisa tus alas de paloma,
hasta el instante en que tus labios
se abran como el cielo.

Hurtándote en la pinza de mis brazos
te lleve por las brisas del deseo,
para cambiarte el nombre en mariposa,
para cambiarte todo:
tus ojos por cristales que me copien,
tus senos por dos lunas que ingrávidas me orbiten,
y sólo tu presente que me ama
dejar intacto.

A puro instinto desbocado
y nula voluntad de comprender.


Invocación a Mefisto




Para cantar, Mefisto, los eternos
cantares, ¿qué te diera de mi suerte?
¿Mis últimos albures y, en mi muerte,
el alma, como Fausto, a los infiernos?

¿Y en canje por la pura poesía?
En la ansiedad azul de mi obsecuencia,
con afónica voz, sin elocuencia,
sólo entono pueril melancolía.

Si me dieras el sueño de las rosas,
el numen de las almas luminosas,
el ruiseñor de Keats, su azul latido,

te concediese, como el fiel inFausto,
mi eternidad de pira en holocausto,
y unos versos inmunes al olvido.


El poema insurrecto



El poema siempre desciende abstracto sobre la médula del brío,
sobre el clamor del verso inexistente, sobre la súplica del estro,
sobre las teclas del ordenador, sobre el coraje,
deslizándose con el tiempo hacia el recóndito vacío;
y, en la eventualidad de su germinación, se observan sepultados casi siempre
todo su ritmo, con todas sus verdades, bajo la yerma sustancia del abismo
donde casi como la nada se percibe.

Un poeta lejano sufre. Se ahoga en su carencia; y esa agonía de lo insulso,
impone su mensaje de eutanasia en la quimera del pasado,
en la ruina del intento fallido. Y entonces el espíritu ya nada sabe de esplendores;
y nada más comprende. Se nutre de codicia atada a los residuos del talento,
y no logra sino arrear a todos los pájaros de su sueño,
agotarlos en su propia pobreza, donde lentos y cansados van de a uno muriendo.

No se crea la luz con simple voluntad, ni en el fiero combate con las duras palabras,
ni en la exclamación vigorosa de los adjetivos, ni en el asalto a lo sutil,
ni en la fascinación por la simbología, y menos todavía
en el extravagante grito de las metáforas.
El poema es un galope hacia el miedo de perder la cordura,
es un miedo que escucha lo que no ha dicho todavía,
es un miedo tembloroso que sigue y sigue hacia el fuego que espanta,
hacia la luz que el miedo difumina.


Tardes primordiales





Ah, tardes de la antigua edad del mundo
cargadas de estupor y lejanías,
crepúsculos fluyendo en agonías
sangrantes del incógnito profundo.

Visiones ateridas en conciertos
de brillos en el sol de los ocasos.
Estoicas tardes de suicidas pasos
escrutadas por ojos inexpertos.

Desamparados los primeros hombres
en intemperies gélidas, tallada
la mendiga oquedad y abandonada
en grutas hoscas. Héroes sin nombres.

Tardes de luz -secreta irrealidad-,
horas yertas y lluvias torrenciales,
homínidos errando primordiales
con auras ya de humana eternidad.


El poeta




No deja de cantarle a la muerte,
mientras oye y percibe y conjetura
que su vida no es
la realidad insatisfecha
sino acabado son que la trasciende.

Sus liras le parecen dádivas de pájaros,
de unas voces de afuera,
de una lluvia hacia el cielo,
del mundo desde abajo y hasta arriba,
de hades y de olimpos,
ruiseñores enviados sólo a él.

Desclava esclusas de la tempestad,
ansioso del azote de perpetuos rayos,
sufriendo los aullidos de los árboles,
las penas escondidas en violines,
presagios de destierros,
divina nitidez.

La soledad no ceja
en echarlo sobre sí mismo
para hacerse contienda todo el tiempo.



El glóbulo perdido




En tus entrañas, mundo mío,
desorientado anduve por tus ríos de sangre,
nadando con aprieto las espesas corrientes,
tímido, siempre temeroso de enfrentarme a los virus de la angustia.

Cuánto quería yo volverme tamborillero de mi infancia
y luego monaguillo, recolector de canastillas, hijo de todas las iglesias,
y luego hijo de papá, con anteojos, risa dorada, modales afectados,
y luego el chico alegre confesándole al tiempo: “cuando grande seré aviador”,
y luego rápido a crecer porque el orgasmo rastreaba ya su término primario.

Úlcera me causaban las calles donde yerra la miseria,
me derramé sobre las casas cerradas por el gran dictador,
y en sus nocturnas plazas vacías me iba a orinar canciones
con la incontinencia del joven rebelde que adora la libertad.
—¡Salud! —me decía un mendigo que huía del frío por toda la eternidad,
y los cuervos con siringes cantaban sus plegarias de muerte.

Mi ataúd era espuma de las noches, donde hermosas rameras
desinhibidamente fornicaban en lento amanecer.

¡Qué delirio de azul inmensidad me sostenía!
Rico en agobios, suspiraba por cornisas de altas azoteas,
esperando mensajes de palomas, noticias de otras guerras,
invitación al odio donde gastar mi tedio matando grillos de canciones átonas.

Decidme, ahora: soy o no el coágulo de este cuerpo atomizado y enfermo, 
el hematoma atroz, la purulencia fétida, la bacinica de las monjas azules, 
hermanas de la caridad que adoran con candor mi agonía.
Soy o no soy la célula cambiaria, la epidermis que resbala con el suicidio
por las alcantarillas de mi nutrición hasta el excremento cada día.



Detrás de los otoños




No disipas tus hojas
en la melancolía del otoño,
ni te derrochas a los eternos vientos
ni a la más incitante brisa seductora.

Tu fértil existencia, tu canto que se adueña
de toda primavera en cuanto llega,
reclama su abanico de arco iris
y el transitar airoso las tardes del estío.

La diosa Exuberancia se adueña de tus células,
y florea sobre tu copa
efluvios de colores; pero no desafías
la vastedad callada de los prados,
los infinitos rayos de la muerte,
la luna en su ovalada pesadumbre,
pues los favores cósmicos
no comprenden los límites del alma.

Sientes el esplendor de la pradera
desde tus verdes perspectivas,
desde tus brazos vegetales,
y recuerdas que la frondosidad
no avala la arrogancia
ni migración alguna hacia las nubes.

Detrás de los otoños
todo perece siempre.