miércoles, 2 de septiembre de 2015

A Guido Cavalcanti



                                                              Poeta florentino (125? – 1300)


Acaso, Guido, igual que tú, mañana
logre retar al despreciable olvido,
tentando suerte en el soneto urdido
con los tropos de idéntica campana.

Has macerado tu rotunda rima
en el crisol de setecientos años;
y ante el vivo laúd, otros peldaños
ascenderá de la rebelde cima.

En tu canción de luz y sentimiento
es Amor quien brindara el justo acento
a tus métricos sones y a tu gloria.

Y te guardara libre de la noria,
intacto del despótico tormento
de girar en la eterna desmemoria.



Descripción de una verdad extraviada




En esta tarde surco en el aire
más profano del verso, a ras del suelo,
como un pájaro herido con temor
de ser mordido por los rudos perros
de la noche.

Siento, a lo lejos la esperanza 
de mi mundo
y los fuertes palmazos de mis alas
que pretenden alcanzar, si no el sol,
la luminosidad visible de la luna,
el recuerdo de mis ígneas rocas
que se hicieron espacios de cenizas
de mi muerte.

Música que entreveo
como una eternidad galáctica
que guarda la verdad inasequible
de este poema.


Te robaré la duda


Espérame en la sombra de tu risa,
bajo la parra mustia.
Oscurecido por acorde angustia,
recobraré la claridad omisa,

el entrañable cielo
donde los dioses hierven maceradas
hierbas de amor, creando alabeadas
plumas meridionales para el vuelo.

Suéñame con el tacto del ladrón
en la noche desnuda,
por tu hendija de blanca evanescencia,

hurtándote la duda,
para que logres presentir mi urgencia
por preparar valija y corazón.



Alfonsina Storni



                                                    Oh mar, dame tu cólera tremenda.
                                                                             Alfonsina Storni


Exhumas el olor de los rosales
y pasan tus amores por el alma quieta,
y luz sobre tu rostro de tormentos
que siempre busca las estrellas.

Ante las emboscadas del destino


Cuando mis leños se humedecen
en la llovizna del hastío,
y su lumbre moribunda no alcanza
para encender el fuego de la vida;
cuando las horas giran lánguidamente cojas
por un camino sin alma entre la niebla,
resueltamente, acallo la brisa del velero,
negándole a mi espíritu temblar en la esperanza.

Sobre arenas de sentimientos tumbas,
mis ojos borran lentamente su espejismo,
y mi ser yace en una hibernación sin tiempo.