martes, 1 de septiembre de 2015

César Vallejo



De tanta muerte en vida te moriste
con una cruz de angustia sobre el hombro.
César Vallejo, en mi canción te nombro
y en esas piedras de París que ungiste.

Te desterraste en un adiós lluvioso,
un cielo santo de un azul violeta,
sobrellevando el corazón poeta
las manos frías y el gabán rotoso.

Deja ya de morir, inca salvaje,
ven a engrosar la lucha narrativa,
ven a la voz del grito, sensitiva
metralla de talento y mestizaje.

Con lluvia, soledad y tus decesos,
adiéstranos en el dolor de huesos.



Domingo contigo



He perdido la fecha.

Recuerda mi memoria transeúnte
un perro olisqueando su silencio interior,
una calle rendida
bajo la sombra de los pálpitos, 
una playa sin mar.

Me incumbieron muy poco las cosas, los destinos,
hojear los periódicos, la llovizna cansada
y el olor del ozono.

Nadie escribió ningún graffiti.
Yo miraba tan sólo las paredes
del pequeño planeta en que girábamos.

El cauce de las horas serenas proseguía
regando la planicie del instante,
para caer las aguas en un torrente de cascada.

En el crepúsculo, 
habíamos dejado a las palomas,
y la luz se perdía vaporosa 
tras las persianas,
y cada ave visitante
herida era por los clamores de la piel.

No sé,
quizá la primavera había llegado 
cuando murió la tarde,
o pasaron las lluvias y el otoño,
o todos los puñales se volvieron rosas,
o nos hicimos cómplices de Dios en las estrellas.

Y no sé en qué momento nos dormimos
mientras el mundo
seguía con sus nimiedades.