viernes, 28 de agosto de 2015

Tu sueño es como un taxi



Es tu búsqueda como un taxi,
se nutre de infinitos viajes ,
de conversaciones con cortes súbitos,
de voltear todo el tiempo el rostro
para evitar depredadores,
de aprender de memoria los nombres de las calles
para acortar distancias
y ganar tiempo.

La búsqueda se nutre
de humildes metas.

Hasta que el taxi, poco a poco,
se va desvencijando
de tantas vueltas y destinos,
de tanto repetir las experiencias,
de tanto hábito.


Insomnio


Quizá la noche no se vuelva larga
y rescate su atmósfera encendida.
Es penoso el desvelo de la luz rendida
tratando de saciar la sed amarga.

El hilo retomar quizá se pueda
de aquella forma de vivir creciente.
En esta lenta eternidad, la mente
del ensueño derrama lo que queda.

Alimentando el nocturnal derroche,
la memoria compurga el desaliento
en las adversas márgenes del brío.

Y espera persistir en esta noche,
hasta que con la aurora el nuevo aliento
haga volar los pájaros del frío.


Secuela de una crisis en el ritmo del corazón


Una crisis en el ritmo del corazón
vuelve, al otoño, áspero; al sol, verdugo;
y a la granada de la gloria, una estampida
bajo la noche gélida.

En territorios arteriales 
el río se hace caudaloso,
y en su sangre se ahogan los días y las noches,
y advierte la pasión el tiempo 
como hormigas de luces,
nocturnas cuchilladas en los ojos,
una frivolidad en el destello,
en la sombra del pálpito,
una media luz recostada en la nostalgia,
un río con su cauce sin canciones,
un árbol que rechaza ya su bosque,
una semilla que se parte a destiempo
y nunca recupera su húmedo destino.

Una crisis en el ritmo del corazón
convierte el horizonte en espejismo,
y cada paso nuestro sobre el día
recula de su espanto
como corriendo de su muerte para atrás.


El primer beso





Era encarnado amor, audaz, oculto.
Lucía el éter cóncavo, perfecto.
Hirió la noche el tajo azul y recto
de un cometa, cobrándose el insulto

de la luna prendida a sus cerrojos
mientras, hostil, el dios de las doncellas,
negro y umbrío, desterrando estrellas,
me denegaba los ardientes ojos.

Al acercarme a su rubor, su risa
arrancaba la gula lujuriosa,
e hizo harapos la virtud sumisa.

Dulce entierro en la cámara pulposa
de sus labios, y en súplica indecisa
los pétalos carnales de la rosa.


La pérdida


Vago definitivamente
desviado de las calles
que puedas transitar en tu existencia,
quizá reconocido en tu recuerdo
como un rostro que capta el miope
o como un beso exiguo de sabor.

Quizá me inventas todavía,
como homenaje compasivo
a mi pasión intensa:
ansioso en las esquinas de los bares,
en el cuarto de hotel hoy ya sin nombre,
sobre una sábana
que sufre su color en tu memoria.

Me duele ese recuerdo que agoniza
más que el amor perdido.